Editorial

30 marzo, 2012


Cuando inauguramos esta publicación con el número 0, la planteamos como una nueva herramienta teórica y de reflexión, así como una puerta abierta al diálogo y a la creación. Consideramos entonces que el museo necesitaba posicionarse en los diferentes niveles relacionados con su tarea, para establecer un acercamiento y un compromiso claro en torno a las reflexiones teóricas y propiamente artísticas que le dan sentido y lo justifican en nuestro tiempo. Se trataba de crear una plataforma teórica que mostrara y descubriera periódicamente otros focos de interés para el resto de la comunidad y que a su vez, se propusiera extender el compromiso del museo. Por ello, a partir de la reactivación de diferentes fuerzas críticas que se diseminan a nivel global, esta revista empieza a cobrar una nueva dimensión: ofrecer pistas o claves para lo que podemos entender como una genealogía del presente.

Sin recurrir a exageraciones, parece claro que el consenso general certificaría ya el lugar común de que durante los últimos cinco años –para seguir lo que a nivel oficial quiere entenderse como el inicio de esta última llamada crisis global que representa la estela del neoliberalismo– estamos asistiendo y siendo testigos de un nuevo orden mundial que afecta o amenaza con afectar a todos y cada uno de los aspectos, no solo de nuestra vida social y política sino de nuestras propias decisiones como individuos y ciudadanos. Sin embargo, este nuevo orden es el resultado de las numerosas crisis que se han desarrollado y manifestado en todos y cada uno de los campos y prácticas relacionadas con la economía, la sociedad, la política y la cultura, desde los años setenta y que se acrecentaron con los inesperados sucesos del 11 de septiembre. El continuo y creciente giro neoconservador y corporativista de los gobiernos de los países más fuertes y dirigentes en la Comunidad Europea y en los Estados Unidos; la creciente privatización de la economía del Bienestar, en el primer caso, y el regreso de las llamadas “guerras culturales” que sirven de distracción frente a las políticas neoliberales radicales, en el segundo, además de la drástica reducción de los presupuestos culturales y educativos en los países occidentales industrializados, son políticas que responderían a las estrategias y a la intencionalidad del nuevo orden económico, político y social.

Este complejo contexto no se concentra ni se mantiene exclusivamente en y a partir de Occidente ni responde únicamente a los intereses políticos y económicos de Europa y los Estados Unidos: su proyección es global. La creciente y generalizada pérdida de confianza en las instituciones –incluyendo el cuestionamiento del propio concepto de soberanía nacional– que ha propiciado y desenmascarado la emergencia de Wikileaks y el activismo anónimo internacional de las redes sociales electrónicas; las inesperadas revoluciones y revueltas en el mundo árabe, la adquisición y ocupación de amplios territorios en África que procurarán y garantizarán una alternativa a la escacez de alimentos en países como China, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes: USA y algunos países europeos; la emergencia de los discursos que cuestionan la misma legitimidad del sistema democrático y los discursos en torno a la Democracia-sin-realizar (Democracy unrealized), constituyen situaciones y condiciones que responden a una realidad de estrategias, límites y desafíos que se ha querido repasar en RADAR, a partir del conocimiento, las convicciones, las prácticas y el imaginario de sus diversos colaboradores, procedentes de disciplinas diversas y complementarias.

Este interés particular responde a una realidad en crisis, pero desafiante, en la que nuestra posición intelectual y artística ya no puede jugar un papel subordinado a los intereses de la industria cultural, sino, por el contrario, como agentes culturales, debemos contribuir a la transformación de las representaciones del arte y sus intereses en la industria cultural para que puedan generar un cambio social. Es necesario dejar de considerar la actividad artística y de los agentes culturales como una excepción en relación a las relaciones sociales y de producción, para desarrollar, con integridad, una reorganización crítica de nuestra actividad, asumida ésta como un desbordamiento extradisciplinar hacia otros campos y conflictos relacionados con instituciones y actividades sociales. Y es por ello que en esta nueva entrega, RADAR se concentra sobre la realidad en crisis que estamos padeciendo, con sus límites y desafíos.

William I. Robinson explora la naturaleza de la crisis económica global para ocuparse después de la amenaza a la que se refiere como fascismo del siglo XXI. Para Robinson, la crisis a la que nos enfrentamos no es cíclica sino structural. Mientras la crisis actual comparte numerosos aspectos con crisis anteriores, también es cierto que presenta varios rasgos que en su opinión hacen que este sea un período peligroso para la humanidad. Y finalmente, después de repasar los signos identificables de tal proyecto neo-fascista, nos adelanta que la humanidad puede estar dirigiéndose a una nueva era de tinieblas.

Para Néstor Kohan nuestro tiempo asiste a la emergencia de una crisis civilizatoria, estructural y sistémica; una crisis histórico-cultural de la civilización capitalista en su conjunto. En los medios de comunicación y las industrias culturales –nos dice Kohan– esta situación es solo una oportunidad para un exhibicionismo mediático que permanece en el reino de la mera apariencia, porque no alcanza a captar la conexión recíproca y la pertenencia orgánica de cada proceso a una misma totalidad sistémica que articula, da sentido y organiza todos esos fenómenos. Así pues, la “crisis” se transforma en un inofensivo sinónimo de “dificultad” y “anomalía circunstancial”, fácilmente subsanable dentro de la institucionalidad.

Christoph Brunner, Roberto Nigro y Gerald Raunig empreden sus consideraciones Hacia un nuevo paradigma estético a partir de los libros más tardíos de Foucault y Guattari, asumiendo que la producción de subjetividad se convierte en un territorio existencial en el que las transformaciones sociales, éticas y estéticas deben ser negociadas. La relación entre la estética y la existencia en Foucault y Guattari no está ni exclusivamente ligada al arte ni implica al arte como práctica institucionalizada. Al contrario, la estética misma conforma un modelo de existencia que hace patente las relaciones transversales entre los sujetos y los objetos y entre las fuerzas corpóreas e incorpóreas que, en conjunto, configuran lo real. La función de las artes es una de “ruptura con las formas y significaciones que rigen trivialmente en el campo social”. Para ellos, lo importante es no consignar estos modos de producción creativa dentro de un dominio autónomo del arte, sino más bien considerarlos en su potencial de transformación, ruptura y reinvención de afectos y perceptos banales.

Para Pierre Bruno el psicoanálisis no es que sea exacto hasta el punto de propor-cionar la escafandra que haría falta para proteger a la civilización (Kultur, en palabras de Freud) de su malestar… más bien se trataría de hacer de este malestar un síntoma, no para erradicarlo, sino para comprenderlo como vector capaz de transformar el pasado y para emancipar el presente. Según Bruno, si el psicoanálisis ha hecho algún avance desde su extraordinario descubrimiento por parte de uno solo (y no de un gran laboratorio de investigación), es haber tomado nota de la crítica freudiana de la psicología de masas y promovido una lógica colectiva. Frédéric Lordon considera que las ideas no tienen nunca efecto alguno solamente por sí mismas o que las ideas mueven el mundo, a menos que vengan acompañadas de afecto (una fuerza extrínseca). Lo que no quiere decir nada sobre las ideas mismas sino sobre sus expectativas políticas y prácticas. El arte es el que propone afectos, imágenes y sonidos. No se trata tanto de que la finalidad fundamental del arte sea transmitir ideas sino afectos. Pero también se le puede antojar decir algo. No interesa lo que es o no es el arte, sino remitirnos a lo esencial: si hay arte o no es lo de menos: “hay cuerpos afectando a otros cuerpos y añadiendo a un discurso particular la fuerza extrínseca de los afectos”.

Jade Lindgaard se pregunta qué ha pasado desde que, en diciembre de 2009 en Copenhague, los poderosos del mundo prometían hacer todo para frenar el calentamiento global, y nos recuerda que hace ya casi quince años que apareció el informe del Giec en el que se establecía sin ninguna duda científica razonable ni posible, el papel –en el cambio climático– de las emisiones de gas de efecto invernadero emitidas por el hombre. Lindgaard explica que el conformismo colectivo frente a una situación objetivamente insostenible no es producto del azar, sino consecuencia del fracaso de todo el sistema de reflexión y de acciones que desde hace veinte años han hecho del clima un objeto político, y afirma inequívocamente que el clima como causa común mundial hoy está derrotada. Pero para la autora, este fracaso no solo se debe a nuestros modelos de representación política, al estado de las relaciones de fuerza geopolíticas y a los poderosos lobbies de los climatoescépticos sino también es producto de la historia de nuestras costumbres y nuestros deseos individuales. Siguiendo sus argumentos, el clima está inscrito en nosotros, en nuestro espíritu y en nuestro cuerpo. Somos el clima. El problema climático no es la carga del hombre occidental y del individuo capitalista: es un problema de relación consigo mismo.

Karim Amellal y Mohamed Razane, miembros fundadores de “Qui Fait la France ?”, repasan la historia contrastada, –con antecedentes y consecuencias– de una movilización de artistas comprometidos contra las desigualdades y en pro de una literatura diferente. Antes las discriminaciones y las representaciones negativas, la estigmatización y marginación de los territorios periféricos de las grandes ciudades francesas, a partir de los violentos disturbios del 2005, a ambos les parecía necesario actuar, para contribuir a que la opinión pública tomase conciencia de los problemas sociales y las discriminaciones que estaban sufriendo casi cinco millones de personas en Francia. A partir del manifiesto del grupo de cineastas daneses Dogma 95, el colectivo se propuso inscribir la literatura de una escritura productiva y de denuncia, que abarcara y modificara lo real, en el extremo opuesto a una escritura egotista y de autoficción. Pero pronto asumieron que eso no bastaba, y que una vez expuestas y argumentadas las razones de la lucha, era importante actuar sobre una necesaria estrategia de movilización.

Amador Fernández-Savater primero repasa la naturaleza indiscutible, impuesta, “desproblematizadora” y “despolitizadora” de la llamada Cultura de la Transición en España, la cultura hegemónica “de consenso” en la España democrática y post-fascista. Esta, nos aclara Fernández-Savater, se aseguró primero “el control de la realidad” a partir de una visión unidimensional, supuestamente “consensuada” de las actividades sociales y políticas y la gestión del miedo que se justificaban para una supuesta cohesión pacífica de la nación hasta paulatinamente, a partir de diferentes frentes y expresiones opuestas a esa cultura impuesta desde arriba, considerarse hoy como la fuente principal de cualquier posible inestabilidad futura y que recientemente confluyen en torno al 15-M. Por otro, como experimentación práctica y positiva del enunciado-consigna democracia real ya en asambleas, acampadas y redes sociales de todo tipo. Las luchas de poder se sustituyen por la escucha activa, la elaboración de pensamiento colectivo, la atención hacia lo que se está construyendo entre todos, la confianza generosa en la inteligencia del otro desconocido, el rechazo de los bloques mayoritarios y minoritarios, la búsqueda paciente de verdades in-cluyentes, el cuestionamiento y recuestionamiento constante de las decisiones tomadas, el privilegio del debate y el proceso sobre la eficacia de los resultados, etc. Fernández-Savater repasa rápidamente otros movimientos y circunstancias u oportunidades similares («No a la Guerra», 11-M, V de Vivienda, La Ley Sinde) que han interpelado a los malestares comunes que hay por debajo de las identidades de cada cual, para finalmente reivindicar el esfumarse, que para el autor no es invisibilizarse o construir realidades al margen, sino aparecer borroso: camuflarse en las reglas del juego para romperlas desde dentro. Esa es también la fuerza del 15-M: su poder de confundir (o de emborronar), porque saben que una identidad ya no hace preguntas, sino que ocupa un lugar y se convierte en un factor previsible en los cálculos políticos y las relaciones de fuerzas. Se vuelve gobernable.

Finalmente, este número de la revista no estaría completo sin los complejos y desafiantes proyectos artísticos de Claire Fontaine, Daniel G. Andújar y Raqs Media Collective.

Agustín Pérez Rubio, María Inés Rodríguez y Octavio Zaya Directores RADAR