Qui fait la France?

2 abril, 2012


Historia contrastada de una movilización de artistas comprometidos contra las desigualdades y en pro de una literatura diferente

Karim Amellal y Mohamed Razane

Cuando nosotros, miembros fundadores del colectivo, publicamos nuestras primeras novelas en los años 2005 y 2006, todo el mundo tenía en mente la cercanía de la “crisis de los extrarradios”. A este respecto, como siempre, nosotros nos preguntábamos cómo llamar, cómo nombrar a este terrible momento de enfrentamiento, oposición y protesta que nació en Clichy-sous-Bois, en Seine-Saint-Denis, en octubre de 20051.

En cierto modo somos hijos de esos disturbios; o de esa revuelta. Conmovidos e indignados por la suerte de esos territorios perdidos, abandonados por el estado y los poderes públicos desde hace varias décadas, no podíamos seguir indiferentes, atrincherados en nuestras torres de marfil, con el pretexto de que nosotros, como escritores, artistas o profesores, habíamos escapado del gueto gracias a la pluma y a la mente.

El aislamiento del gueto

Más o menos desde principios de los años ochenta, cuando comenzó a surgir el “problema de los extrarradios”, en Francia nos acostumbramos a no mirar de frente la realidad, a cubrir con un velo de desconocimiento la situación dramática de esos territorios periféricos de las grandes ciudades que, tierras prometidas de la acogida de inmigrantes en los años cincuenta y sesenta, se transformaron progresivamente, a causa de la crisis económica de los años setenta y de sus efectos sociales, pero también de la indiferencia de los poderes públicos, en verdaderos guetos urbanos.

Calificar de guetos a ciertos “barrios sensibles” situados en la periferia de las grandes ciudades francesas, según el eufemismo consagrado, plantea un problema esencial: la relegación de estos barrios y de sus habitantes ¿procede de una voluntad deliberada, premeditada, por parte de los poderes públicos, o bien surgió de manera espontánea bajo los efectos de un proceso de segregación socio económica? En Francia, la respuesta es muy clara: nunca ha habido una segregación urbana institucionalizada y, desde este punto de vista, hablar de gueto –teniendo en cuenta el significado histórico del término– es delicado. Aun así, dadas las características de dichos barrios, esto no solo parece posible sino también necesario. Con tasas de desempleo juvenil que en algunos lugares rozan el 40%, la carencia de servicios públicos básicos y sobre todo de infraestructuras de salud y de empleo, la concentración de las poblaciones empobrecidas y en gran parte surgidas de la inmigración –y por lo tanto sometidas directamente a una discriminación tanto social como racial muy fuertes–, estos barrios son de hecho lugares de relegación, de encierro geográfico o –y la metáfora no es excesiva para algunos de ellos– de prisión al aire libre, lugares de los que casi resulta imposible salir y donde las familias viven reclusas en medios insalubres, privadas del acceso a los bienes públicos esenciales. Desde este punto de vista, sí, hemos construido guetos urbanos en Francia.

Esta situación es consecuencia, ya se ha dicho, de varias décadas durante las cuales la voluntad política y los poderes públicos estuvieron anestesiados frente a la fabricación de los guetos urbanos. Consecuencia de la incompetencia de la “política de la ciudad”, que supuestamente actúa de modo global, tanto en la construcción, el urbanismo y el tejido urbano como en las características sociales de los “barrios sensibles”, sobre todo a través de la política de ordenación de territorio2 que se puso en práctica a partir de los años ochenta.

A principios de la década de 2000, más de treinta años después de las primeras medidas a favor de la “renovación urbana” y la heterogeneidad social, los cambios no estaban a la altura desde la perspectiva de los barrios. En estas condiciones, sobre todo para los más jóvenes, el recurso a la violencia y el vuelco a la delincuencia constituyeron síntomas de las dificultades experimentadas en un entorno volátil y, a la vez, como expresa por ejemplo el rap o, en un entorno más político, el MIB, creado en 1991, un medio radical de expresión y de protesta. Y así, en varias ocasiones, a principios de los años ochenta, y más tarde a principios de los noventa, hubo fuertes disturbios en algunos de los barrios más desfavorecidos de los extrarradios franceses3, prolegómenos o ensayo general de los disturbios de mucho mayor alcance ocurridos en otoño de 2005.

Ni los gobiernos de izquierda, que estuvieron en el poder entre 1981 y 1993, y después entre 1997 y 2002, ni los gobiernos de derecha en el poder entre 1993 y 1997, y después desde 2002 hasta ahora, han sido capaces, por una parte, de percibir y comprender los cambios que se han estado produciendo en esos territorios, y, por otra, tampoco han sido capaces de identificar a los agentes susceptibles de aclarar los movimientos sociales ni, finalmente, de aportar soluciones satisfactorias en el conjunto de los dominios de la acción pública en las distintas poblaciones que residen en ellos, tanto en el terreno del empleo o de la educación como en el de la seguridad o el alojamiento.

La triste suerte de “las personas surgidas de la inmigración”4

Dentro de este cuadro particularmente negro, hay que subrayar la suerte de las poblaciones surgidas de inmigración porque para nosotros, casi todos franceses de origen extranjero, la manera en que se percibía esta categoría de la población francesa, vilipendiada sin cesar con múltiples pretextos, era intolerable y nos parecía profundamente opuesta a los principios e ideales republicanos de igualdad, universalismo y humanismo.

En primer lugar, y desde que en los años ochenta se confundieron en el discurso político las problemáticas de integración y de inmigración sobre un telón de fondo de crecimiento de la extrema derecha, los extrarradios, donde residen fuertes concentraciones de poblaciones surgidas de la inmigración, suscitan temor en una gran parte de la opinión pública y alimentan así una fuerte desconfianza en el seno de la población francesa. La gran victoria de la extrema derecha francesa, y especialmente de Frente Nacional, es haber impuesto y acreditado la idea de que “el problema de la inmigración” se confunde pues, en los discursos político y mediático, con el “problema de la integración” y, por extensión, con el “problema de los barrios sensibles” donde viven, en su mayoría, las poblaciones afectadas. A principios de los años dos mil, esta confusión ya era sistemática, y alcanzó su paroxismo en la campaña presidencial de 2002, que la derecha orquestó principalmente en torno al tema de la inseguridad; como contrapunto, por lo tanto, de la falta de integración de las poblaciones surgidas de la inmigración. Nicolas Sarkozy, entonces ministro de Interior, ya simbolizaba más que cualquier otro esa voluntad, impuesta por el peso electoral de la extrema derecha, de dar prioridad en su agenda –para conservar o reconquistar a su electorado– a temáticas propias del Frente Nacional5.

En segundo lugar, en este contexto general donde el miedo y la desconfianza con respecto a los barrios desfavorecidos son ampliamente alimentados por los medios de comunicación que, bien hacen caso omiso de estos territorios o bien los desprecian, las personas surgidas de la inmigración son víctimas de diversas formas de estigmatización y de rechazo que fomentan la mecánica discriminatoria. A este respecto podemos evocar, por ejemplo, la focalización negativa de una mayoría de la opinión pública francesa sobre el Islam en los años dos mil6, arrastrada y/o influenciada por una parte importante de la clase política y de las elites sobre la mera base de microfenómenos7 sujetos con alfileres y enseguida generalizados para suscitar o aumentar la desconfianza hacia la población musulmana y así, engañar a la opinión sobre los verdaderos problemas de la sociedad francesa, frente a los cuales siguen siendo desesperadamente impotentes. Este intento8, por desgracia más que logrado, de convertir a los musulmanes de Francia –o asimilados– en chivos expiatorios y buscar una especie de víctima capaz de satisfacer los imaginarios y restañar los temores de la opinión pública no es nueva, desde el Pharmakos griego hasta la suerte, infinitamente más trágica, sufrida por otra minorías religiosas en nuestra historia, y especialmente, claro, los judíos de Francia.

Este ejemplo, entre muchos otros, de fabricación de una representación negativa respecto a una categoría de la población alimenta la mecánica discriminatoria que contribuye a golpear dos veces a los mismos segmentos de población. Una primera vez, en el imaginario y las representaciones –sobre todo a través de los medios de comunicación–, sin más consecuencias que las psicológicas o simbólicas (la estigmatización, o presentación de un estigma, es decir, de una característica física o social construida, percibida y articulada en el discurso como discapacidad o tara); una segunda vez, a través del gesto discriminatorio, por ejemplo en el terreno del acceso al empleo, que, además de impacto psicológico (el sentimiento de ser excluido, marginado, condenado al ostracismo) conlleva también una consecuencia mucho más grave, por ser material y tangible: la privación de un bien, de un servicio o de una oportunidad. En efecto, el hecho de ser discriminado en el momento de la contratación conduce a la víctima a verse rechazada para un puesto de trabajo, y por lo tanto la mantiene en la precariedad y la exclusión.

En último lugar, la consecuencia social de la discriminación racial o religiosa traduce el hecho de que la diferenciación cultural en Francia, a pesar del arsenal jurídico inherente a lo que se sigue presentando como “modelo” republicano, es un factor de jerarquización social. En otras palabras, en Francia, a pesar del carácter “color blind” de nuestras instituciones y de nuestros principios jurídicos (en virtud del primero de ellos: el principio de igualdad), la diferencia cultural, étnica o religiosa, puesto que se construye y percibe como un estigma, contraría las trayectorias sociales y, sobre todo a través de la discriminación, pero también de otros mecanismos más informales e igualmente temibles (como la orientación escolar), bloquea o reduce las oportunidades existentes. El problema no es “ser negro”; ser percibido como negro es lo problemático, lo que genera mecanismos de repulsión, rechazo y ostracismo que se manifiestan sobre todo en la discriminación racial, empujando así a la víctima, que tal vez antes no se percibía tanto como negra, a tomar conciencia de su diferencia cultural en la medida en que puede constituir una desventaja. A partir de ahí, o bien la interioriza y se deporta voluntariamente a la cuneta, diciéndose a sí mismo que es un inútil, ya que éste es el mensaje que la sociedad le envía, o bien radicaliza su identidad, la pone de relieve, intenta sublimarla9 o la convierte en un arma destructiva contra la sociedad (podemos ver aquí, de modo muy esquemático, las dos tendencias del movimiento negro norteamericano en los años sesenta y setenta a través de los Black Panthers y Nation of Islam por un lado –identidad radicalizada contra la sociedad norteamericana, incluida la separación del cuerpo social, causando una secesión–, y por otro, los partidarios de la línea no violenta e integracionista de la NAACP).

El colectivo en la estela de los disturbios urbanos de otoño de 2005

Por todos estos motivos, el surgimiento de movimientos de protesta violentos en los suburbios franceses era ampliamente previsible, y solamente los políticos y los poderes públicos, culpables de ceguera y falta de acción desde hacía décadas, no eran conscientes de ello.

La acumulación de desconfianza, sobre todo entre los habitantes más jóvenes de estos barrios desfavorecidos10 y golpeados de forma masiva por el desempleo11, la precariedad y la exclusión, sobre todo escolar12, solo podía traducirse, como ya había sido el caso en el pasado, por una explosión de violencia contra el Estado, los políticos y el conjunto de actores –o de los edificios que los simbolizan– asociados con o responsables en sus representaciones de la situación en la que se encontraban. Así pues, bastó una chispa –la muerte de dos jóvenes perseguidos por la policía en Clichy-Sous-Bois– para que en la mayoría de los suburbios franceses comenzara un largo (casi dos meses) ciclo de violencia que, incluso si no encontraron traducción política en ese momento, sí que traducían el hartazgo general de esa parte de la población.

Nosotros, los miembros fundadores del Colectivo “Qui fait la France?” éramos, por supuesto, conscientes de las causas profundas de las protestas y la violencia. Comprendíamos –por haberlo vivido a menudo– los recursos y las motivaciones, incluso si esa forma de expresión no nos parecía, por descontado, la más pertinente ni la más susceptible de lograr resultados. A la vez, dada la carencia de un movimiento político capaz de relevar esas muy antiguas reivindicaciones, que siempre se habían quedado en papel mojado, nos parecía inevitable que un día dieran un giro radical. Por eso, tras los disturbios de 2005, preferíamos hablar de “revuelta”, puesto que este término traducía mejor, desde nuestro punto de vista, la legitimidad de una reacción radical frente a una situación de desigualdad, de injusticia y de exclusión que no dejaba de agravarse desde hacía 25 años.

Finalmente, como artistas, autores y creadores que éramos, no podíamos seguir inactivos tras una crisis de tal amplitud. La distancia que separa a los jóvenes de los extrarradios del resto de la población era ya del tamaño de un océano, y nos parecía necesario actuar, obrar a nuestra escala para contribuir a que la opinión pública tomase conciencia de los problemas sociales y las discriminaciones que estaban sufriendo casi cinco millones de personas en Francia13.

Los objetivos del colectivo

El colectivo “Qui fait la France?”, con ese doble sentido de “quién la construye” y de “amar Francia”14, quería dar un sentido colectivo a nuestras indignaciones comunes y a nuestro gusto compartido por una literatura de lo real, lo social, lo reivindicativo. Ya seamos autores publicados o principiantes, compartíamos también una sensibilidad militante por un reconocimiento sensible de los territorios afectados y sus habitantes, y, más allá, de todos aquellos que no tienen voz en nuestro país. La creación de nuestro colectivo se vio formalizada mediante la publicación de una obra colectiva15 y de un manifiesto16 que explicaba nuestra iniciativa.

Los objetivos que nos habíamos marcado para la fundación de este colectivo eran establecer las condiciones intelectuales de una lucha participativa total, para liberarse juntos de las plagas mencionadas; declararse en estado de guerra absoluto contra la elite actual, ya sea política, mediática, intelectual, ya que el postulado de consanguinidad ha quedado expresado; desplegar todos los medios de la violencia simbólica para luchar contra la impunidad mediática; trabajar por dar voz sistemáticamente al sufrimiento para que sea el aguijón constante de nuestra voluntad de cambio; y, en resumen, no abandonar la lucha hasta que Francia sea ese país nuevo que está dentro de todos nosotros. A la vez, y a instancias de la iniciativa del movimiento cinematográfico Dogma 9517 creado en 1995 por directores de cine daneses, nos comprometíamos a inscribir nuestra literatura de una escritura productiva y de denuncia, que abarca y modifica lo real, en el extremo opuesto a una escritura egotista y de auto-ficción.

Por eso, entre otras razones sobre las que volveremos, decidimos prologar nuestra colección de relatos, ilustración de nuestra iniciativa colectiva, con un manifiesto. Porque para nosotros, asqueados de esa literatura parisina y burguesa que no dejaba de florecer en los cenáculos literarios con gran apoyo de artículos elogiosos basados en complicidades, era urgente revivir otra tradición literaria, más realista, es decir, anclada en lo real, los territorios, capaz de evocar lo cotidiano y las preocupaciones de la gente corriente y sobre todo, claro, de los extrarradios o, en general la de los territorios en suspenso, zonas rurales y urbanas a la vez, donde los problemas de enclave, aislamiento y abandono son los mismos. Esta tradición tan francesa de una literatura más “realista” no era ina invención directamente surgida de nuestra mente pueril e inculta; había sido la grandeza de la literatura francesa en el siglo XIX, abanderada por Émile Zola, y si bien se había marchitado un poco en el siglo XX, especialmente siguiendo la estela del nouveau roman, todavía existía a través de numerosos autores francófonos, es decir, de los márgenes, de la periferia, como nosotros. No parecía evidente –y además, no solo a nosotros– que la literatura francesa vivía en la actualidad, en gran parte, gracias a todos aquellos extranjeros de cultura francesa, francófonos del extranjero, que la alimentaban con su ficción18. Sin dejar de guardar las proporciones, claro, todos éramos de esa misma ralea: autores de Francia, franceses, pero situados fuera, abordando la literatura desde un promontorio diferente, con otro punto de vista. Es lo que nuestro manifiesto significaba, y se entendió mal; quizás no supimos ser lo bastante claros.

¿Qué modos de acción?

Elaboramos un modo de acción: intervenir en el corazón del circo mediático para desvelar su obscenidad, su esclerosis, su desprecio por el pueblo, su profundo racismo, la ignorancia y las mentiras. Así, todos los espacios públicos podían convertirse en nuestro terrenos de expresión y de sublevación. Se trataba, en concreto, de producir un pensamiento a contracorriente de los discursos dominantes (artículos, participación en coloquios y en emisiones radiofónicas y televisivas), y llevar a cabo acciones-relámpago como la invasión de los platós de televisión, la toma de la palabra pública a todos los niveles, la inversión física del espacio común a través de mensajes y lemas.

Para comprometer a nuestros conciudadanos y conciudadanas a actuar en ese sentido, elaboramos y promovimos un cuaderno19 de resistencia que enumera las posibilidades de un compromiso concreto. Y para dar ejemplo, pusimos en práctica esas posibilidades. Por eso invadimos el plató de un popular programa de televisión20 para transmitir un mensaje de resistencia y de esperanza, por eso hemos hecho acciones-relámpago con la pegatina “H de la honte”21 [H de vergüenza], por eso hemos publicado respuestas en ciertos números de comunicación, la más famosa de las cuales es la dirigida al “Nouvel Observateur”22.

Apoyar la creación periférica

Como prolongación de estas modalidades de acción y de nuestras ambiciones literarias, constituimos una estructura asociativa con vocación de apoyar y financiar proyectos orientados a los lugares y personas que nos preocupan. Se trataba de detectar, apoyar y financiar, sobre todo con los derechos de autor generados por la venta de nuestra obra colectiva, cualquier proyecto de cualquier habitante de los barrios abandonados, olvidados, desheredados, rurales o urbanos, que le permitiese realizar sus sueños. La asociación no pretende suplir a un Estado ausente respondiendo a las necesidades elementales de los individuos para asegurar su dignidad. Actúa al margen, intentando responder a las necesidades de reconocimiento, de expresión y de entrada en el espacio público que forman parte, en diversa medida, de la realización íntima de cada cual. Estas necesidades de tomar la palabra de manera lograda y fértil son intensas en los barrios aludidos, y por lo tanto muy poco escuchadas, acompañadas y consideradas.

También deseábamos tener peso, a nivel global, en la políticas públicas –ciudad y cultura, Estado y colectividad territorial– para contribuir a la financiación de los proyectos de la asociación y, más en general, ayudar a dar prioridad a los flujos de fondos públicos hacia los barrios abandonados. 

Finalmente, se trataba de elaborar y poner en funcionamiento espacios de sensibilización y debate (página web, tardes para el debate popular, coloquios, talleres en los colegios y estructuras culturales…)

Sobre la dificultad de movilizar a nuestros conciudadanos

Tras seis años de existencia, el balance de nuestra acción es algo ya contrastado. Nuestras esperanzas, sin duda ambiciosas, se han visto enfrentadas a realidades que no habíamos considerado, movidos tan solo por nuestro impulso primero y sincero de contribuir a dar existencia en el espacio público a la gente marginada, en otros tiempos temida y hoy despreciada por una casta de herederos feroz, caracterópata y voraz.

Aunque muchas personas nos apoyaban y le encontraban sentido a nuestro manifiesto y a nuestras llamadas, han estado muy poco presentes en las acciones concretas para las que queríamos movilizarlas. En nuestro primer impulso, pensábamos que, puesto que la lucha era legítima y sus motivos ampliamente compartidos, nos bastaba crear el pretexto y la organización para ponerla en marcha, y que después podría continuar de manera independiente de nosotros. Ahora bien, tenemos que reconocer que eso no basta, y que una vez expuestas y argumentadas las razones de la lucha, es importante actuar sobre una necesaria estrategia de movilización. Y poner en funcionamiento una estrategia así implica medios (materiales y humanos) de los que no disponíamos, porque también a nosotros nos afectaban las realidades cotidianas que limitaban nuestra disponibilidad de tiempo (compromisos familiares y profesionales).

Por lo tanto, las acciones que han podido llevarse a cabo han sido cosa exclusivamente de los miembros fundadores del colectivo y de algunos simpatizantes. La más emblemática de estas acciones fue la intrusión en el plató de televisión de un programa popular, una toma de palabra de seis minutos que consistía en la lectura de un mensaje de resistencia y de esperanza. Esta acción suscitó muchas reacciones, sobre todo reacciones de apoyo, cientos de mensajes de correo electrónico que nos dejaron en la página web. Desgraciadamente, este ejemplo no provocó acciones similares e independientes de nosotros, ni permitió una inversión concreta de las posibilidades de lucha que habíamos formalizado.

Por otra parte, hemos intentado producir con regularidad artículos en torno a los temas de actualidad, llenos de sentido con respecto a nuestra lucha; intervenir en los adultos y en los jóvenes, sobre todo en los colegios; participar en coloquios, tanto en Francia como en el extranjero, en programas de radio y televisión. También organizamos un concurso de relatos, y co-organizamos debates públicos con una asociación de barrio y el rapero Disiz La Peste. Si bien este conjunto de iniciativas nos hace sentir que hemos alimentado la reflexión global, que hemos fomentado cierta visibilidad de los problemas que nos indignan, también es cierto que, por lo que sabemos, no ha suscitado movimientos de lucha independientes de nosotros.

Límites de fondo inherentes a nuestra lucha

El primer límite es cruel: al querer sacar una literatura diferente del gueto en el que está encerrada (y con ella, los temas y los marcos que forman el telón de fondo de nuestros relatos), ¿no hemos creado otro gueto, no nos hemos enclavado, apartado del mundo de nuevo? Nuestra voluntad de contribuir al surgimiento una literatura de los márgenes, popular, abordando verdaderos temas sociales (tanto el aislamiento, la violencia, el paro, el racismo o la droga como, por ejemplo, el amor o la amistad) se vio de inmediato reforzada por una iniciativa que tenía por meta reagruparnos –sobre todo en el seno del Colectivo– con la esperanza de tener mayor peso, ser más fuertes y así, todos juntos, hacer que prevaleciera una forma de literatura comprometida, atenta al sufrimiento de los excluidos, capaz de hacer resonar en el debate público, mucho más allá de los cenáculos literarios parisinos, la voz de los “sin voz”, los invisibles. Pero esta iniciativa de reagrupamiento y de afirmación social, de identidad, cultural, artística, conllevaba mecánicamente el riesgo de ser percibidos unas veces como representantes del extrarradio, otras como portadores de una literatura de extrarradio, de las ciudades o “urbana”, depende. Ser percibidos, a fin de cuentas, como los representantes de una literatura que, por decirse, expresarse y reivindicarse “del margen”, se sitúa ontológicamente al margen; una literatura marginal, por lo tanto, cuyo lugar es la retaguardia de la literatura francesa. En otras palabras, una subcultura.

Teniendo en cuenta el peso de las representaciones negativas que alcanzan a las personas surgidas de la inmigración en Francia, y un feroz elitismo que se despliega, sobre todo, en los medios literarios de la capital, era bastante obvio que íbamos a pagar los platos rotos de una percepción sesgada sobre aquello con lo que nos habíamos comprometido, nuestros objetivos y nuestras motivaciones. Para muchos, nuestra iniciativa era comparable a un compromiso político, no artístico, y menos aún literario; y todo nuestro aparato lingüístico, nuestra idea de una literatura de lo real, que hablase de la vida de la gente y del gueto con sus propias palabras, se parecía a la manifestación de una “subcultura” urbana, un producto del extrarradio y por lo tanto algo que colocar entre otros productos de la cultura urbana: rap, hip-hop, slam, arte en la calle… Para los miembros del aparato periodístico y literario parisino, nuestros textos, reforzados además por un manifiesto reivindicativo y más bien radical, constituían una forma literaria en cierto modo desviada, en comparación con los cánones estilísticos y las formas de expresión que se consideran “clásicas”. Los ritmos de nuestras frases, los temas de nuestras historias, la utilización del lenguaje hablado, del lenguaje de la calle, del vesre (la forma de argot consistente en la inversión de las sílabas de una palabra) en los diálogos, les parecían también un asalto intolerable contra cierta idea de la literatura.

No es una afirmación perentoria escribir que, por motivos históricos y políticos, todo lo que hoy proviene del extrarradio23 se percibe como peligroso, amenazador, potencialmente desestabilizador para la unidad y la colectividad nacionales, más aún por tratarse de jóvenes o, según el eufemismo consagrado, de “jóvenes de los barrios periféricos”: al anatema lanzado contra el territorio marginal se suma una desconfianza generacional. Todas las formas artísticas, desde el momento en que sus orígenes se remontan a uno de estos territorios infernales, provocan una mirada doble: por una parte son potencialmente desestabilizadoras, y por otra nunca se corresponden del todo con la norma y la tradición –o lo que haga las veces de tal–, es decir, que el arte “de extrarradio”, el arte “urbano”, el arte “de la calle” o como queramos llamarlo mientras nos tomemos el trabajo de especificar, es forzosamente menos bueno, está un poco por debajo o, con ese acento paternalista y falsamente benévolo que tan a menudo caracteriza a nuestras elites, no está mal, va por buen camino y solo le falta un pelín para conseguirlo, para alzarse al nivel aceptable, para atravesar la frontera que separa el apestoso cuchitril de la subcultura de los espacios aéreos y luminosos de la Cultura.

Otro límite importante que tal vez explique que no hayamos sabido hacer que algunos nos comprendan24 tiene que ver con el lado político, o más bien comprometido, que intentamos darle a nuestra iniciativa a través de nuestro manifiesto preliminar, el cual, por su tono y su ritmo, se presentaba como un texto reivindicativo, conminatorio y bastante radical. Algunos nos reprocharon introducir una dimensión semejante como prólogo a una colección de relatos: para ellos, “eso” no pintaba nada ahí. Y da igual que Francia no pueda evitar jactarse de haber inventado la literatura y a los escritores comprometidos. Y da igual que se pueda percibir la forma del manifiesto en sí misma como un subgénero, o más bien un “entre-género” literario. Da igual que en otros tiempos, los del Oulipo y mucho antes, el manifiesto tuviera todavía cierta legitimidad en el continente literario. A nosotros, artistas surgidos de territorios desfavorecidos, de culturas entremezcladas, nos parecía esencial decir muy alto, en un texto aparte, por qué habíamos decidido hacer causa común y crear un colectivo: para hacer qué, y sobre qué base. Pero también porque como ciudadanos, como artistas, como escritores, considerábamos que en un país como Francia donde desde hace más de un siglo reina la magna idea del “intelectual” – de un personaje que, para citar a Sartre, “mete la nariz en todo lo que no le importa”–, era nuestro deber y nuestra responsabilidad tomar partido sobre temas que nos parecían importantes: el aumento de las desigualdades, de las fracturas y divisiones en nuestro país, la imposición de las discriminaciones, el racismo, la violencia… Como escritores, contamos historias, imaginamos personajes, pero todo lo que creamos, lo creamos a partir de un material: la realidad, la misma que nos parecía insoportable y que tanto nos importaba mostrar en toda su crueldad a través de nuestros relatos. Y esto es también lo que clama nuestro manifiesto: nuestra incapacidad de quedarnos indiferentes y nuestra firme intención, con nuestras armas, con la escritura y la literatura, de contribuir al cambio, de hacer causa común, de tener cierto peso, por modesto que sea, en el curso de las cosas.

¿Qué perspectivas?

A la luz de estos seis años de existencia, hemos decidido adecuar nuestras ambiciones a nuestros medios. De ahora en adelante, al menos durante el tiempo en que podamos disponer de los recursos idóneos, hemos decidido volvernos a centrar en dos aspectos: la literatura de lo real y la organización de debates.

Hemos definido como prioritaria la necesidad de trabajar más por hacer avanzar nuestra literatura, la que se inscribe en la tradición stendhaliana, la de lo real, la que habla de los sufrimientos individuales, la que otorga visibilidad a los oprimidos y hace justicia, al menos de modo simbólico, a esas vidas impedidas y abrumadas.

Actualmente estamos terminando nuestra segunda obra colectiva, que ofreceremos en lectura gratuita en nuestra página web. Y está en marcha una tercera obra, última fase de nuestro proceso de escritura colectiva, que ha cobrado la forma de una novela. Una obra que mira al mundo y está poblada por personajes que se enfrentan a contextos y situaciones de opresión, con la sublevación, a semejanza de la primavera árabe, como aliento liberador y defensa última contra la alienación.

Igualmente, proyectamos organizar debates en los que se den cita diferentes disciplinas (habrá filósofos, historiadores, cantautores comprometidos, etnólogos…) capaces de ayudar a la comprensión de lo real, y a dar sentido a la lucha necesaria.

 

1. El acontecimiento desencadenante de estos disturbios fue la muerte, el 27 de octubre de 2005 en Clichy-sous-Bois, de dos adolescentes, Zied Benna (17 años) y Bouna Traoré (15 años) cuando intentaban huir de un control policial.
2. La noción de “barrio sensible” también hace referencia, en el marco de la política de la ciudad, a las “zonas urbanas sensibles” creadas en 1996 para determinar con medios apropiados los territorios infra-urbanos con mayores dificultades.
3. A principios de la década de 1980, a partir de la cité des Minguettes en Vénissieux, en el extrarradio de Lyon, y después, a principios de la década de 1990, en Vaulx-en-Velin, también en el extrarradio de Lyon, a consecuencia de atropellos policiales.
4. Esta expresión designa al conjunto de personas, ya sean de nacionalidad francesa o no, presentes en territorio francés y de origen extranjero desde hace una o varias generaciones.
5. En junio de 2005, Nicolas Sarkozy, entonces ministro de Interior, prometía, por ejemplo, “limpiar los barrios periféricos a fondo con agua a alta presión”.
6. Cuyas razones son múltiples: temor ancestral al Islam, revolución iraní de 1979, 11 de septiembre de 2001, guerra civil argelina…
7. Como el caso del niqab, velo integrista que en Francia llevan unas 1.500 mujeres y que en 2010 dio lugar a una verdadera cábala político-mediática, sobre el telón de fondo del terror al Islam, y al voto de una ley que prohibía su uso.
8. Procedente de la derecha supuestamente “republicana” (UMP y Nouveau Centre), con la complicidad de una parte importante de las elites francesas, y sobre todo de buen número de intelectuales neoconservadores (Alain Finkielkraut, Eric Zemmour, etc.).
9. Como por ejemplo el lema “Black is Beautiful”, de moda en Estados Unidos en los años sesenta.
10. Cuya proporción puede alcanzar un 40 o un 50%. En 2005, Clichy-Montfermeil, donde se originaron los disturbios, la proporción de jóvenes de menos de 20 años se elevaba al 41%.
11. Siempre en Clichy-Montfermeil, la tasa de desempleo entre los jóvenes de 15 a 24 años se elevaba al 37%. En el barrio de la Madeleine, en Evreux dans L’Eure, entre 1990 y 1999 el número de parados aumentó en un 42,2%.
12. En Clichy-Montfermeil, el 40% de las personas mayores de 15 años no tenía ningún tipo de diploma.
13. Las personas que habitan en “zonas urbanas sensibles” se cuentan en torno a 4,4 millones, a los cuales a que añadir las numerosas personas surgidas de la inmigración que no residen en tales zonas pero que también son víctimas de la discriminación racial o religiosa.
14. Kiffer es un verbo de argot que proviene de la palabra árabe kif y significa amar.
15. Chroniques d’une société annoncée, 2007, Éditions Stock.
16. http://www.quifaitlafrance.com/content/view/45/59/
17. Dogma 95 es un movimiento cinematográfico lanzado en 1995 por directores de cine daneses, encabezados por Lars von Trier y Thomas Vinterberg. Su objetivo es, sobre todo, volver a una sobriedad formal más expresiva, más original y que se considera más apta para expresar las apuestas artísticas contemporáneas. Las películas del movimiento, despojadas de toda ambición estética y enfrentándose directamente a lo real, cristalizan un estilo vivo, nervioso, brutal y realista.
18. Ver a este respecto los autores del “Manifeste pour une littérature-monde en français”, manifiesto literario redactado y publicado en 2007, o también, y además de la misma época, el análisis de Donald Morrison aparecido en un artículo del Times sobre el declive de la cultura francesa (“The Death of the French Culture”).
19. “Democratic Panthers, possibilités d’un engagement concret, démocratique, efficace et joyeux”. http://www.quifaitlafrance.com/content/view/116/65
20. Llamada lanzada en la emisión del programa “t’empêche tout le monde de dormir”, el 15/04/2008. http://www.quifaitlafrance.com/content/view/91/61/
21. Pegatina “H de la honte”: instrumento de respuesta simbólica a la obscenidad mediática.
http://www.quifaitlafrance.com/content/view/96/65/
22. Respuesta al Nouvel Observateur: http://www.quifaitlafrance.com/content/view/43/55
23. Banlieu, en francés. Que significa etimológicamente “lieu du ban”, es decir, en la Edad Media, el límite más allá del cual un señor ya no podía reclutar siervos para la guerra; o sea, una frontera psicológica y geográfica ancestral que marca el límite entre el centro y su periferia, sus márgenes.
24. Cuando se publicó nuestra selección Chroniques d’une société annoncée, algunos artículos la recibieron con tono despreciativo, incluso tajante, como si adjuntar a obras de ficción un manifiesto afirmando nuestra concepción de una literatura comprometida, más realista, destruyese la densidad de nuestros escritos.