La crisis global y el espectro del fascismo del Siglo XXI

2 abril, 2012


William I. Robinson

La crisis económica global está generando conflictos sociales y turbulencias políticas por todo el mundo y profundizando las ya inmensas desigualdades de la economía política global. ¿Cuánto tiempo pueden ser contenidos tales desequilibrios a través de los mecanismos consensuales de la autoridad política? ¿Es posible que una respuesta neofascista a la crisis gane fuerza en la medida en que las elites globales encuentren imposible refrenar la erosión de la autoridad del sistema? Aquí quiero explorar la naturaleza de la crisis económica global para ocuparme después de la amenaza a la que me refiero como fascismo del siglo XXI.

La crisis a la que nos enfrentamos no es cíclica sino estructural, una crisis de reestructuración, tal como la que se afrontó en los años treinta y luego en los setenta. Que se convierta en una crisis sistémica, en la que solo un cambio completo del propio sistema resuelva la crisis, dependerá de cómo los agentes sociales den respuesta al impredecible elemento de contingencia que juega siempre un papel en los procesos históricos.

Mientras la crisis actual comparte numerosos aspectos con crisis anteriores, también es cierto que presenta varios rasgos que en mi opinión hacen que este sea un período peligroso para la humanidad. Uno es que el sistema está acercándose rápidamente a los límites ecológicos de su reproducción; podemos, de hecho, haber alcanzado un punto de no retorno. Otro rasgo es la magnitud de los medios de violencia y control social. Las batallas computerizadas, los aviones teledirigidos, las bombas inteligentes, la Guerra de las Galaxias, los sistemas panópticos de vigilancia, entre tantas otras cosas, han cambiado la cara de la guerra, normalizándola y poniéndola a distancia de aquellos que no son objeto de la agresión armada. Una tercera característica son los límites a la expansión extensiva del capitalismo, en el sentido de que no quedan ya nuevos territorios significativos que puedan ser integrados en el capitalismo mundial. La desruralización se encuentra ya muy avanzada, y la mercantilización del campo y de los espacios pre- o no-capitalistas se ha intensificado, convirtiéndolos en interiores aclimatados de diseño y espacios del capital, de modo que esa expansión extensiva está llegando a cotas nunca vistas.

Un cuarto rasgo es el surgimiento de un enorme número de población excedente. La Organización Mundial del Trabajo estima que alrededor de un tercio de la población en edad de trabajar está sin empleo o subempleada. Millones, quizás miles de millones de personas habitan un “planeta de ciudades miseria”1, alienados de la economía productiva, arrojados a los márgenes, sujetos a sofisticados sistemas de control social y atrapados en un mortal y destructivo ciclo de desposesión, explotación y exclusión. El quinto es el desajuste entre la globalización de la economía y el sistema de autoridad política basado en el estado-nación. Los aparatos transnacionales del estado permanecen en un estadio incipiente y no han sido capaces de jugar el papel de lo que los científicos sociales denominan un “hegemónico”, un actor central que maneje suficiente poder y autoridad como para organizar y estabilizar la totalidad del sistema.

Para entender la coyuntura actual necesitamos, en primer lugar, volver la vista a los años setenta. La etapa de globalización del capitalismo mundial en la que estamos hoy se desplegó a partir de la respuesta de distintos agentes a episodios previos de crisis, en particular, a la crisis que el estado de bienestar y el capitalismo redistributivo sufrieron en la década de los años setenta. Al comienzo de aquella crisis, el capital se globalizó, permitiendo a una emergente clase capitalista transnacional y a sus representantes políticos reconstituir su poder de clase mediante la quiebra de los límites que los estados-nación imponían a la acumulación. Estas restricciones –los llamados “compromisos de clase”– habían sido impuestas al capital como resultado de décadas de luchas masivas por todo el mundo, llevadas a cabo por las clases populares y trabajadoras dentro de sus fronteras nacionales. Durante los ochenta y los noventa, sin embargo, las élites orientadas globalmente alcanzaron el poder de estado en la mayoría de los países. Usaron ese poder para promover la globalización del capitalismo, desplazar abiertamente a su favor la correlación de fuerzas sociales y de clase a escala mundial y recortar por todas partes la fuerza de las clases trabajadoras y populares surgida al calor de las rebeliones globales de los sesenta y los setenta.

Las políticas neoliberales y globalizadoras abrieron nuevas y amplias oportunidades para la acumulación transnacional en los años ochenta y noventa. La revolución de la información y de la informática, junto con otros avances tecnológicos, ayudaron al capital transnacional a conseguir grandes ganancias en productividad y a “flexibilizar”, reestructurar y transformar el trabajo a escala mundial. Esto, a su vez, recortó salarios y derechos sociales y facilitó la transferencia de beneficios para el capital así como para sectores de alto consumo por todo el mundo, lo que proveyó nuevos segmentos de mercado y más crecimiento. En resumen, la globalización hizo posible una gran expansión del sistema y desató un nuevo ciclo frenético de acumulación mundial, compensando así el declive en beneficios y oportunidades de inversión de los setenta.

Pero los períodos de hiper-acumulación acaban inevitablemente volviéndose crisis de sobre-acumulación. La actual crisis global es de sobre-acumulación, o de falta de salidas para la absorción rentable de los excedentes. El colapso del sistema financiero global en 2008, que algunos han llamado la Gran Recesión, llevaba años fraguándose. El sistema había sido sucesivamente sacudido por crisis menores desde mediados de los años noventa –la crisis del Peso mexicano en 1995, la caída del sistema financiero asiático de 1997-98, la recesión de 2001 y la explosión de la burbuja punto-com–. Al comienzo del nuevo siglo dos grandes mecanismos dirigidos a dar salida a los valores excedentes emergieron para proveer al sistema de un perverso modo de supervivencia: la acumulación militar y la especulación financiera.

Estados Unidos aprovechó los ataques terroristas del 11 de septiembre para militarizar la economía global. La vanguardia de la acumulación de la “economía real” mundial se desplazó desde las tecnologías informáticas e informacionales a un complejo militar y de seguridad, industrial e ingenieril, inmobiliario y petrolero, que acopió una enorme influencia en los pasillos del poder en Washington y en los de todas partes. El gasto militar se disparó como un cohete hacia los billones de dólares gracias a la “guerra contra el terrorismo” y las invasiones de Irak y Afganistán, vertiendo combustible fresco sobre los humeantes rescoldos de la economía global. Los efectos colaterales de este gasto han fluido a través de las venas abiertas de la economía global, es decir, a través de la red de estructuras integradas de la producción, los servicios y los sistemas financieros globales.

La especulación financiera hecha posible por la desregulación de la industria financiera, junto con la introducción de la tecnología informática e informacional, alentó el surgimiento de un sistema financiero integrado globalmente. La “revolución en las finanzas” de las pasadas dos décadas ha incluido todo tipo de innovaciones financieras y mecanismos de seguridad –un vasto y abrumador conjunto de subproductos, desde permutas financieras, futuros de mercado, fondos de alto riesgo e inversiones institucionales a préstamos respaldados en hipotecas, obligaciones de deuda diversificadas, esquemas Ponzi y créditos piramidales–. Estas innovaciones hacen posible un casino global de circuitos financieros transnacionales basados en una especulación desatada y en la expansión continua del capital de ficción. La secuencia de olas especulativas en este casino global desde los años ochenta ha traído inversiones inmobiliarias en el emergente mercado global de la propiedad, lo que inflacionó sus precios en un lugar tras otro, especulación salvaje en la bolsa, lo que conduce a periódicas alzas y desplomes, y la formidable escalada de los flujos de los fondos de riesgo y la especulación monetaria. La frenética especulación en los mercados globales de bienes, especialmente los de energía y alimentos, ha provocado repetidos repuntes en los precios mundiales, provocando “revueltas alimentarias” en muchos lugares.

Cuando la especulación en el casino financiero global alcanzó un extremo febril tras la recuperación de la recesión de 2001, la “economía real” fue mantenida momentáneamente a flote en Estados Unidos por medio de un incremento masivo en la deuda de los consumidores (tarjetas de crédito a largo plazo, refinanciamiento de las hipotecas) y de un aumento del gasto y del déficit federal, que, juntos, convirtieron a este país en el “mercado de último recurso” mundial. La decisión de la Reserva Federal de reducir los tipos de interés alrededor de un uno por ciento en 2003 como un mecanismo para superar la recesión provocó una marea especulativa en el mercado hipotecario estadounidense que alentó a los inversores a lanzarse a la infame juerga del préstamo subprime. El descalabro del mercado de hipotecas subprime en 2007 provocó el colapso un año después de sistema financiero global con centro en Wall Street.

Con todo, en el perverso mundo del capital financiero transnacional y predador, la propia deuda y el déficit se vuelven nuevas fuentes de especulación financiera. Esto explica, en parte, el último ciclo de crisis que se han venido manifestando en Grecia, Portugal, España, Irlanda y otros lugares. La deuda de los gobiernos es ahora etiquetada según el rótulo “gastar más allá de los medios” y esto se usa para justificar medidas de austeridad y recortes en el gasto social. Al mismo tiempo, no obstante, tal deuda se ha convertido en un recurso central de creación de beneficios para el capital transnacional –su último chute financiero– incluso cuando el consumo continúa su declive como fuente de acumulación. El mercado global de deuda, que alcanzó en 2009 una cifra estimada de 90 billones de dólares, constituía por sí solo el mayor mercado para la especulación financiera al comienzo del colapso de 2008. Lejos quedan los tiempos en los que tales obligaciones eran compradas y puestas a madurar. En vez de eso, hoy son compradas y vendidas por inversores individuales e institucionales en un frenético mercado abierto las 24 horas y se apuesta con ellas continuamente, a través de mecanismos tales como las permutas financieras, que desplazan sus valores y hacen del mercado de deuda un juego de especulación de alto riesgo y de alta volatilidad para los inversores.

Mientras la ofensiva del capital transnacional contra la clase trabajadora global se remonta a la crisis de los setenta, la Gran Recesión de 2008 fue en muchos aspectos un momento decisivo. La crisis da al capital la oportunidad de acelerar los procesos dirigidos a extraer una mayor productividad de cada vez menos trabajadores. La reorganización espacial por medio de la globalización ha ayudado al capital transnacional a quebrar el poder del trabajo organizado en torno a las fronteras territoriales e imponer nuevas relaciones de trabajo y capital basadas en la fragmentación, la flexibilización y la devaluación del trabajo. Además, aunque la masa de “supernumerarios” no es de utilidad directa para el capital, dentro de un panorama más amplio tal excedente de trabajo resulta crucial para el capitalismo global, en la medida en que sitúa los salarios de todas partes bajo presión y permite al capital transnacional imponer su disciplina a aquellos que permanecen activos en el mercado de trabajo. De acuerdo con un informe, por ejemplo, en la crisis actual la mayor parte de los empleados en Estados Unidos “han emergido del angustioso declive económico cargados con dinero en efectivo gracias a los profundos recortes en gasto que han elevado el desempleo a las dobles figuras (…) y (como resultado) han conducido a un enorme aumento en la productividad de los trabajadores”2.

En Europa, Norteamérica, y muchos otros lugares, los mandarines del dinero del capitalismo global y sus agentes políticos están utilizando la crisis para imponer brutales medidas de austeridad y tratando de desmantelar lo que queda de los sistemas de bienestar y de los estados sociales. Las crisis fiscales y presupuestarias que supuestamente justifican los recortes y la austeridad son consecuencia de la falta de voluntad o de la incapacidad de los estados a la hora de enfrentarse al capital, tanto como de su propia predisposición a endosar el peso de la crisis a las clases populares y trabajadoras. La movilidad global ha dado al capital una extraordinaria influencia estructural sobre los regidores estatales que buscan la reactivación económica y la estabilidad macroeconómica. A medida que la crisis se extiende, se está generando una verdadera catástrofe global humanitaria, y como resultado los conflictos sociales y políticos se multiplican a escala mundial.

El fascismo del siglo XXI como respuesta a la crisis del capitalismo
La crisis estructural de los años treinta fue resuelta a través de la creación de un nuevo modelo de fordismo-keynesianismo o capitalismo redistributivo, y la de los años setenta se solucionó, al menos temporalmente, a través de la globalización del capitalismo. “Resolver” no quiere decir que las cosas mejoraron para la mayor parte de la humanidad sino más bien que la restructuración permitió la reabsorción de la acumulación acopiada. Las crisis, sin embargo, abren la posibilidad de cambios que pueden tomar distintas direcciones. La crisis actual está dando como resultado una rápida polarización en muchos lugares del mundo, y en el sistema global como un todo. Fuerzas tanto de derecha como de izquierda están resurgiendo. En la actual coyuntura pueden ser identificadas tres respuestas distintivas a la crisis.

Una es el reformismo desde arriba que está dirigido a la estabilización del sistema, salvándolo de sí mismo y de respuestas más radicales que emanen desde abajo. Las élites transnacionales han propuesto programas estatales de estímulo, regulación más fuerte de los mercados financieros, un desplazamiento desde la acumulación especulativa a la productiva, y medidas limitadas de redistribución. En los años que siguieron al colapso financiero en 2008, sin embargo, parece que estas reformas han sido incapaces de prevalecer sobre el poder del capital financiero transnacional.

Una segunda respuesta a la crisis es la resistencia popular de izquierdas desde abajo. Si bien frecuentemente a trompicones, esta resistencia parece resurgir, aunque su propagación sigue siendo desigual entre distintos países y regiones. Los levantamientos de masas en los países de la Unión Europea al comienzo de la crisis de deuda soberana en los años 2010 y 2011 y la imposición de nuevos programas draconianos de austeridad son un reflejo de este resurgimiento, así como las revueltas en Oriente Medio y el norte de África, el giro a la izquierda en numerosos países latinoamericanos o la revitalización de la militancia obrera en los Estados Unidos frente a las incansables campañas por la austeridad y contra los sindicatos llevadas a cabo por los republicanos y otras fuerzas de derecha.

Sin embargo, la crisis de la legitimidad del estado y los vacíos en el poder institucional abren una puerta no solo a las fuerzas populares desde abajo sino también a fuerzas de extrema derecha que compiten tanto con las respuestas reformistas a la crisis como con las radicales. La tercera respuesta es el fascismo del siglo XXI. La ultraderecha es una fuerza que resurge en muchos países –en Latinoamérica, por ejemplo, Colombia, México, Honduras y otros lugares, en numerosos países de la Unión Europea, y en los Estados Unidos–. Los signos identificables de tal proyecto neofascista comprenden la fusión del capital transnacional con el poder político más reaccionario; la escalada en la militarización y la masculinización extrema; la desestabilización económica y el consecuente pánico social entre los estratos privilegiados de las clases medias y trabajadoras; la pretensión de organizar una gran base social entre sectores económicamente vulnerables y socialmente desencantados, animada por una ideología fanática, la supremacía racial/cultural, la xenofobia, y la nostalgia por un idealizado pasado mítico; métodos represivos de control social; una movilización racista contra víctimas propiciatorias como los trabajadores inmigrantes y los musulmanes, que desplaza y reorienta las tensiones y las contradicciones sociales; y la presencia de líderes carismáticos entre las fuerzas de extrema derecha.

La acumulación y la legitimidad de las funciones del estado capitalista –siempre en tensión entre ellas– no se ajustan a las condiciones actuales. La crisis económica intensifica el problema de la legitimación de los grupos dominantes; como resultado, las crisis de acumulación producen una espiral de crisis políticas. En esencia, la habilidad del estado para funcionar como un “factor de cohesión” dentro del orden social se quiebra cuando el capital se globaliza y la lógica de la acumulación y de la mercantilización penetra en todos los aspectos de la vida social; a medida que la fábrica social se descompone, la “cohesión” requiere más y más control social.

Vemos, por consiguiente, un desplazamiento desde el estado de bienestar al control social o al estado policial. El estado abandona sus esfuerzos por asegurar la legitimidad entre amplias capas de población que han sido apartadas de la esfera laboral. Los levantamientos, las rebeliones espontáneas y las movilizaciones políticas organizadas de los desempleados estructurales, los marginados o los precarios suponen una amenaza potencial para el sistema que debe ser controlada y contenida. En el fascismo del siglo XXI, el imperativo de sujetar rebeliones reales o potenciales llevadas a cabo por los desposeídos y los desplazados reemplaza, de algún modo, al impulso de aplastar a los movimientos obreros organizados en torno al socialismo, lo que ayudó a propagar el fascismo del siglo XX. Esta necesidad de asegurar un control social masivo de la población mundial sobrante y de los movimientos rebeldes de base da un fuerte impulso al proyecto del fascismo global del siglo XXI.

En consecuencia, el estado responde a aquellos que están desposeídos, expulsados del mercado laboral y mantenidos al margen del trabajo productivo no con una extensión del estado de bienestar y de la protección sino con la exclusión coercitiva, la criminalización, el control represivo y las estrategias de contención. Estas estrategias incluyen encierros masivos y complejos de reclusión a escala industrial, controles policiales ubicuos, legislación anti-inmigrante represiva y nuevos modos de manipulación del espacio para que tanto las comunidades clausuradas sobre sí mismas como los guetos sean controlados por tropas de guardias de seguridad privada y sistemas de vigilancia de tecnología avanzada. Al mismo tiempo, las “industrias culturales” son movilizadas para deshumanizar a las víctimas del capitalismo global, retratándolas como peligrosas, depravadas, “Otros” culturalmente degenerados, elementos criminales que suponen una amenaza para la sociedad. En los Estados Unidos, por ejemplo, los grupos dominantes llevan décadas patrocinando sistemáticas campañas culturales e ideológicas en defensa de la “ley y el orden” con el fin de legitimar el desplazamiento desde el estado de bienestar al control social. Vistos analíticamente, estos procesos pueden ser entendidos como sustitutos de los campos de concentración, en la medida en que se articulan con cambios legales –como la ley antidroga o la de “las tres reincidencias”– que criminalizan a los marginados, especialmente a los jóvenes de color. Se somete así a una población sobrante de millones de personas, potencialmente rebelde, por medio del encierro, la concentración y la violencia de estado.

De manera más amplia, junto con otras nuevas modalidades de control social, la cultura del capitalismo global trata de seducir a los excluidos y a los abandonados a través del consumo de banalidades y de la fantasía, como alternativas a las demandas sociales y políticas planteadas al sistema a través de la movilización. Estas campañas desvían la atención de las razones de la miseria y canalizan las inseguridades asociadas a la globalización del capitalismo hacia los grupos marginados, ayudando a los representantes políticos de los grupos dirigentes a organizar coaliciones electorales y construir consensos alrededor del nuevo orden (por ejemplo, campañas anti-inmigración o a favor de la mano dura contra el crimen). La víctimas tercermundistas del abandono –las de Somalia, Haití, el Congo– son retratadas a escala internacional, en el mejor de los casos, como víctimas pasivas e incompetentes que mueven a la simpatía paternalista, si no simplemente como seres inferiores relegados y condenados a la muerte y el olvido.

Militarización como control social y como acumulación
Si el imperativo del control social da un poderoso impulso a la militarización del capitalismo global, ésta tiene otra función clave: mantener la acumulación global frente al estancamiento. La militarización como respuesta a la crisis del capitalismo global logra simultáneamente los objetivos de facilitar el control y la represión social y de abrir coercitivamente nuevas posibilidades para la acumulación capitalista mundial, sea apoyándose en la fuerza militar o a través de la contratación estatal de capital corporativo para la producción y la puesta en marcha del control social y de la guerra. Por ejemplo, la invasión estadounidense de Irak integró a este país dentro del capitalismo global y abrió una multitud de oportunidades para el capital transnacional.

Gran parte del complejo bélico y de los procesos relacionados de control y represión social han sido privatizados o semiprivatizados. Bien lejos del vínculo tradicional entre la industria bélica y el capital corporativo –es decir, el suministro de armamento, equipamiento y tecnología militar– la acumulación militar se extiende ahora desde la sustitución de personal militar estatal por ejércitos de mercenarios (“compañías privadas de seguridad”), a la subcontratación de proyectos de reconstrucción e ingeniería militar, el diseño de instalaciones militares relacionadas con los conflictos, el suministro de alimentos, productos de consumo y servicios a las fuerzas de ocupación, el levantamiento de prisiones privadas y “muros de seguridad”, e incluso la sub-contratación de las torturas y de los interrogatorios3.

Así, la generación de conflictos y la represión de los movimientos sociales y de la población vulnerable supone una estrategia de acumulación independiente de objetivos políticos específicos. A modo de ejemplo, el trabajo de los inmigrantes indocumentados en los Estados Unidos es extremadamente rentable para la economía corporativa en dos sentidos. Primero, es un trabajo altamente vulnerable, forzado a una existencia semiclandestina y sometido a la amenaza de la deportación y, en consecuencia, sujeto a la sobre-explotación. Segundo, la criminalización de los inmigrantes indocumentados y la militarización de su control no solo reproducen estas condiciones de vulnerabilidad sino que genera también enormes oportunidades para la creación de beneficio.

Los complejos de prisiones a escala industrial para inmigrantes son un negocio al alza en Estados Unidos. Los inmigrantes indocumentados constituyen el sector de mayor crecimiento en la población carcelaria de los Estados Unidos y son recluidos en centros de detención privados para después ser deportados por compañías privadas contratadas por el gobierno federal. En 2010 había 270 centros de detención de inmigrantes, capaces de confinar en un momento dado a más de 30.000 inmigrantes. Bajo la administración de Obama, han sido detenidos y deportados más inmigrantes que en ningún otro momento de la segunda mitad del pasado siglo. Como las instalaciones y las logísticas de deportación son subcontratadas a compañías privadas, el capital tiene un vivo interés en contribuir al movimiento neofascista contra la inmigración. No es sorprendente, por ejemplo, que William Andrews, director ejecutivo de la Corrections Corporation of America, el mayor contratante privado de centros de detención de inmigrantes en Estados Unidos, declarara en 2008 que “la demanda de nuestras instalaciones y servicios podría verse negativamente afectada por la relajación de las medidas de coacción o por la descriminalización (de los inmigrantes)”4.

La cultura masculinista y militarista que acompaña a la acumulación militar ha alcanzado cotas sin precedentes. La fusión de la militarización y de la masculinización extrema –el miedo masculino al poder femenino, la misoginia y la homofobia, lo que Goff llama “masculinidad marcial”– ha invadido la esfera de la cultura de masas5. Una pujante cultura popular fascista combina esta celebración de la militarización y de la masculinidad con la fantasía, el misticismo y la irracionalidad, como queda patente en el recurso generalizado a la violencia extrema de los videojuegos, la proliferación de reality shows en la televisión o la glorificación de la agresión militar, la violencia social y la dominación en las películas de Hollywood. El cine comercial atrae enormes audiencias, bate récords de taquilla y gana premios Oscar con películas “de buena ley”, como En tierra hostil (The Hurt Locker) que, aunque no llega muy lejos en la legitimación formal de la violencia, sí la despolitiza y la institucionaliza, convirtiéndola incluso en algo glamouroso. Los videojuegos de guerra y violencia por puro entretenimiento –como el muy popular HAWX– normalizan y estetizan la militarización de la cultura y de la vida cotidiana como nunca antes.

Movimientos neofascistas como el Tea Party y legislaciones neofascistas como la ley anti-inmigración SB1070 de Arizona han sido generosamente financiados por el capital corporativo transnacional. Los hermanos millonarios de extrema derecha, David y Charles Koch, quienes amasan juntos una fortuna de cerca de 40.000 millones de dólares –solo superada en Estados Unidos por la de Bill Gates y Waren Buffet– son los principales financiadores del Tea Party, así como de un sinnúmero de fundaciones y de organizaciones tapadera, como Americans for Prosperity, el Cato Institute o el Mercatus Center, que han llevado a su extremo la agenda corporativa neoliberal, incluyendo la reducción y la eliminación de los impuestos a las corporaciones, recortes en servicios sociales, la reducción de la educación pública, y la liberación total del capital de cualquier regulación estatal. No tan conocido es el hecho de que los hermanos Koch han recaudado fondos para el Tea Party y otras organizaciones aportados por algunas de las más grandes corporaciones transnacionales activas en la escena política estadounidense6. El contenido programático real de los hermanos Koch y de las organizaciones y movimientos que financian y ayudan a gestionar consiste en una intensa profundización en la “contrarevolución” neoliberal del capitalismo global y de la libertad radical de mercado, lo que coincide perfectamente con los intereses del capital transnacional.

Se ha de subrayar que el fascismo del siglo XXI no sería una variedad del fascismo del siglo XX. Entre otras cosas, la habilidad de los grupos dominantes para controlar y manipular los espacios y para ejercitar un control sin precedentes sobre los medios de masas y los medios de comunicación así como sobre la producción de símbolos, imágenes y mensajes apuntan a que la represión puede ser mas selectiva (como vemos, por poner un ejemplo, en México o Colombia) y también a que puede ser organizada jurídicamente de modo que el encierro “legal” masivo toma el relevo a los campos de concentración. A ello se suma que los enormes poderes de la hegemonía cultural abren nuevas posibilidades para atomizar y canalizar las injusticias y las aspiraciones frustradas hacia el escapismo y el consumo de fantasías. Las industrias de la moda y del diseño comercializan cualquier cosa que pueda convertirse en mercancía. Con esto, en el mejor de los casos, llega la despolitización, en el peor, la canalización del miedo hacia la evasión en vez de favorecer la resistencia. La ideología del fascismo del siglo XXI se apoya a menudo en la irracionalidad –la promesa de recobrar la seguridad y restaurar la estabilidad es emotiva, no racional–. El fascismo del siglo XXI es un proyecto que no distingue, ni necesita distinguir, entre verdad y mentira.

La respuesta al fascismo del siglo XXI debe ser una oposición coordinada por una clase trabajadora global implicada en la reconstrucción de las organizaciones de trabajadores, incluyendo a sindicatos independientes y a movimientos socialistas democráticos y promoviendo las culturas de la solidaridad social y la resistencia transnacional. La única solución viable a la crisis del capitalismo global es una redistribución masiva de la riqueza y el poder orientada hacia la mayoría pobre de la humanidad que recorra el trayecto de un socialismo democrático para el siglo XXI, en el que la humanidad deje de estar en guerra consigo misma y con la naturaleza. Y la única manera en la que esa redistribución puede ser llevada a cabo es a través de una lucha de masas transnacional desde las bases. De otro modo, la humanidad puede estar dirigiéndose a lo que Sing C. Chew, entre otros, ha denominado una nueva era de tinieblas7.

1. Mike Davis, Planet of Slums (Londres: Verso, 2007) [Trad. al castellano: Planeta de ciudades miseria (Madrid: Foca, 2008)]
2. Tom Petruno, “Corporate Giants Awash in Cash as Economy Picks Up”, Los Angeles Times, 24 de marzo, 2010: A1, A8.
3. Sobre la integración de Irak en el capitalismo global llevada a cabo por Estados Unidos, y, de forma más general, sobre la acumulación militar, véase, inter alia, William I. Robinson, “Beyond the Theory of Imperialism: Global Capitalism and the Transnational State”, Societies without Borders, N. 2: 5-26, 2007; Robinson, “The Crisis of Global Capitalism: Cyclical, Structural, Systemic?”, Op. Cit. Sobre la privatización de la guerra, véase, inter alia, el conocido trabajo de Jeremy Scahill, Blackwater: The Rise of the World´s Most Powerful Mercenary Army (Nueva York: Nation Books, 2008) [Trad. al castellano: Blackwater: el auge del ejército mercenario más poderoso del mundo (Madrid: Paidós, 2010)], así como el libro de Naomi Klein, The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism (Nueva York: Picador, 2008) [Trad. al castellano: La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre (Madrid: Paidós, 2007)]
4. Véase Tom Barry, “The National Imperative to Imprison Immigrants for Profit”, Center for International Policy, Americas Program, colgado en la página web del CIP el 3/10/2009 y consultado el 16/11/ 2010. http://www.cipamericas.org/archives/1662
5. Stan Goff, “Showing the Seeds of Facism in America”, Truthdig (revista on-line), colgado el 3 de octubre de 2006, y consultado el 21/07/2007.
http://www.truthdig.com/dig/item/200601003_white_supremacism_sexism_militarism
6. Véase, inter alia: Jane Mayer, “ Covert Operations: The Billionaire Brothers who are Waging a War against Obama”, The New Yorker, 30 de agosto de 2010; y el documental Billionaire Tea Party, dirigido y producido por Taki Oldham y realizado por Larrikin Films, 2010. (véase el website en http.//www.billionairesteaparty.com.)
7. Sing C. Chew, The Recurring Dark Ages: Ecological Stress, Climate Changes, and System Transformation (Landham, MD: AltaMira Press, 2007).