La mancha del territorio

29 March, 2012


Iván de la Nuez

En cuanto alguien se dispone a hablar –o actuar– en nombre de América Latina, enciendo las alarmas y, si es posible, me pongo a resguardo. Sobre todo en estos días que conmemoran el bicentenario de la Independencia, y la exaltación se prevé como un punto obligatorio en el orden del día de los festejos.

En cuanto alguien se dispone a hablar –o actuar– en nombre de América Latina, es también el momento de ecualizar. De ponerle filtro a la retórica que acompaña el empeño. Con su abanico de coartadas, su ontología fuera de escala, y su dosis (o sobredosis) de mesianismo. Esos elementos inflamables del combustible que ha alimentado a todo tipo de experimentos: oligárquicos y liberales, marxistas y neoliberales, tiránicos y parlamentarios, guerrilleros y paramilitares, mitológicos o apocalípticos (la Atlántida no suele estar muy lejos). Casi siempre, pasados unos y otros por el tamiz del populismo: estilo idóneo para gobernar desde todas las ideologías (y desde la ausencia de toda ideología).

A la hora de tomar precauciones, guarecerse, ajustar sonido, los proyectos políticos no son los únicos a tener en cuenta. Los modelos culturales no han quedado rezagados a la hora de colocar los templos. El barroco y el boom, el modernismo y la antropofagia, Ariel y Calibán, el postmodernismo y la utopía. No es cuestión de negar a ultranza los aportes –algunos formidables– de estas corrientes (incluso los clichés del turismo cultural aportan lo suyo). Pero sí es momento de prevenir sobre el hecho, constatable, de que eso que entendemos por América Latina, en cualquiera de sus variantes, ha persistido en un lenguaje eufemístico y una pretensión de unidad que muchas veces no ha hecho otra cosa que reproducir un ademán colonial.

A fin de cuentas, “lo latinoamericano” no deja de ser un relato, lo que no quiere decir que sea, necesariamente, una ficción. Desde El Mapa de Borges o La Mancha de Fuentes (ambos emplazados sobre el territorio), ha primado un dibujo previo, un pre-juicio, donde el modelo ha fagocitado a sus seguidores (acaso ahí se encuentren los orígenes de tantas decepciones). Ese rapto no ha sido una tarea exclusiva de los autóctonos. Es larga la historia de las “apropiaciones” externas, desde los tiempos de la Conquista hasta hoy mismo. En éstas, cuando ha mandado la prisa de, pongamos, algún curator desaprensivo, entonces el secuestro se ha convertido en un secuestro express.

En 1992, el mundo iberoamericano había convocado otros fastos. Los del V Centenario de la conquista y/o colonización de América. Encuentro de las dos culturas. Doble descubrimiento… Otras las coartadas y otros los llamamientos. Otros eufemismos. Sin embargo, gracias a la pulsión crítica desatada por aquella celebración –y a la incertidumbre de un universo en el que entonces se llegó a invocar el fin de la historia–, la posición de América Latina ante el mundo dejó de manifestarse como un match entre la “reproducción” acrítica y la “confrontación” hipercrítica.

Fue saludable el ejercicio de despachar las viejas tesis binarias. Aquellas que reafirmaban lo latinoamericano como una identidad por negación (“somos todo lo que nuestro enemigo no es”), portadoras del síntoma que Nelly Richard definió como “síndrome acomplejado de la periferia”; el mismo que Roberto Schwartz prefirió calificar como un “nacionalismo por sustracción”. Incluso frente a Estados Unidos y su histórica lista de desencuentros o invasiones, Latinoamérica dejó comprenderse únicamente desde el diferendo Norte-Sur. Hoy nadie discute que la presencia latinoamericana al norte de El Paso constituye una reconquista cuyas consecuencias son todavía imprevisibles.

América Latina entró, así, con otro vigor en las polémicas acerca de la identidad y la modernidad. Tanto en su condición de extremo de la cultura occidental como en su situación excéntrica con respecto a esta. Tanto en su dimensión de revancha periférica como en su posibilidad utópica ante la racionalización extrema del mundo moderno. En el punto más alto de la euforia, más de uno llegó a presagiar el fin de la cultura occidental a causa de las irrupciones latinoamericanas: un Fukuyama puesto de cabeza (y con un taco en la mano).

No todo se reduce a los avatares de la historia, el pensamiento, la vida extraordinaria de los próceres. En la construcción de los paradigmas con los que cargamos, debemos tanto a esos grandes relatos como a los personajes de ficción, igualmente generadores de los modelos que tradicionalmente han hecho reconocible a América Latina. Ahí los tenemos. El durmiente que despierta junto al dinosaurio, de Augusto Monterroso, y la Beatriz Viterbo de Jorge Luis Borges. El patriarca de Gabriel García Márquez y el revolucionario Esteban, de Alejo Carpentier, en El siglo de las luces. Maqroll el gaviero, de Álvaro Mutis, o la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos. La Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde o el Pedro Navajas de Rubén Blades. La Mafalda de Quino y el Fitzcarraldo de Werner Herzog.

En esos arquetipos, a veces devenidos en estereotipos, se ha concentrado el sueño y la fatalidad del continente. La confluencia de todos los mundos posibles y el anticipo de Internet. El inacabable caudillo de estos doscientos años y ese género narrativo tan latinoamericano: la novela del dictador. La ilusión y la desilusión por la revolución. Lo fugitivo y lo futurista. El mestizaje y la violencia. El emigrante lumpen y el iluminado europeo que busca la utopía en América, aunque no precisamente para salvarla –como suele afirmar–, sino para salvarse a sí mismo. En todo caso, no es siempre recomendable percibir las cosas desde los anteojos de una vida libresca. Como decía Edward Said: “Aplicar literalmente a la realidad lo que se ha aprendido en los libros es correr el riesgo de volverse loco o arruinarse”. Ni siquiera en esta Europa desde la que escribo, en la que la política no parece continuada por la guerra (Clausewitz), ni siquiera por la guerrilla (Che Guevara), sino por la estética. Salgamos, momentáneamente, de aquí.

América Latina es, también, el enclave del principal legado que han dejado muchos de esos proyectos: la violencia. De ahí que convenga andarse con ojo a la hora de valorar sus estructuras estatales, económicas o políticas a la luz de teorías fáciles de asir. Pensemos, sino, en el llamado sector informal, que no es tan informal como expresa su nombre, como tampoco resulta tan formal el Estado al que se le opone. Es elocuente el ejemplo del narcotráfico. Éste, como sabemos, se expande hasta la política, la cultura y la economía. Ya hablamos de una narcopolítica (asentamiento del tráfico en los estamentos institucionales), el narcoterror (momento en que la población, en teoría colateral, comienza a sufrir de manera central los embates de esa guerra) y la narcocultura (donde se inscriben las artes plásticas, la música y la literatura, por no hablar del considerable impacto en Hollywood).

Paramilitares y asentamientos urbanos sin categoría sociológica fácilmente asible, migraciones invisibles y nuevas formas de nomadismo… A través de estas prácticas, se está redefiniendo hoy América Latina, sólo que a través de discursos que no aspiran al púlpito.

El name-dropping suele ser aburrido y falaz: oculta más de lo que dice. Obnubila bajo la pretensión de esclarecer. Así que mencionaré unos pocos nombres; en ningún caso aleatorios, sí intercambiables. Estoy pensando en las obras recientes de Rodrigo Rey Rosa, Teresa Margolles, Yuri Herrera, Carlos Garaicoa, Pedro Vizcaíno o José Antonio Hernández-Díez. Estos autores apelan a magnitudes descomunales que, sin embargo, son capaces de filtrar en historias menores y, por lo general, únicas. Bandas juveniles y una falta de estructura del Estado. El colonialismo y el postcolonialismo. La revolución y la contra. La violencia como fin per se. Ellos lidian con el hecho urbano, y con las alcantarillas de la vida contemporánea. Con la represión y con la obsesión morbosa por las ruinas. Con los clichés sobre lo latinoamericano y, en consecuencia, con el parque temático al que han sido reducidas las Grandes Causas.

No proponen ni un “más allá literario” ni un “más acá metafórico” para invocar otras historias acaso más elevadas. Abordan, si así puede decirse, una intensidad amoral que, sin embargo, entraña una ética. Cuando Pedro Vizcaíno aborda la violencia de las bandas juveniles, con los rituales y gestos que configuran esa criminalidad, nos habla sobre todo de un sistema de comunicación y consumo, de fraternidad y de signos. De un mercado, una moda, una cartografía, un sistema de señales que han adquirido las dimensiones de un lenguaje. Más que una narración sobre la violencia juvenil, sus grafitis y cuadros pueden ser entendidos como el archivo de un equipamiento, el registro de un pack de guerra con todos los artefactos del pandillero: el teléfono celular, la pistola, las bambas, los artificios diversos que les permiten estar listos para entrar en acción. Esta certeza no implica una celebración del “ganguero”. Al contrario, en la recepción de esa “alegre” banalidad del mal hay una incomodidad.

Cuando Carlos Garaicoa constata los resultados físicos de las utopías, nos coloca frente a las consecuencias demoledoras de algunos sueños. Contrasta el “no hay tal lugar” de los proyectos con el lugar, realmente existente, de sus ruinas. Unas ruinas cuyo devenir las ha transformado en puntos rituales; ceremonias de veneración. No son las utopías bajo su halo redentor (tan caras a América Latina), sino la decadencia física de los espacios que habitaron. Cuanto más se las coloca como paradigma de futuro, él lanza un aviso sobre su anclaje presente. Ya no es La Ciudad del Sol de Campanella; ni la espiral, de Tatlin; ni aquellas obras, hechas para el porvenir, del futurismo italiano. Se trata, sin más, de lugares en los que no ha faltado la tortura.

En sus novelas, el lenguaje de Yuri Herrera no es siempre comprensible para el lector. Los documentos que, en El material humano, ayudarían a Rodrigo Rey Rosa a desentrañar la violencia tampoco lo son. De hecho, estos rastros son difícilmente “traducibles” a otras culturas. Sin embargo, unos y otros, no dejan de ser “legibles”, y esa es su grandeza. Al final, estamos hablando de artistas y escritores “de la guerra civil”. Sólo que a diferencia de, pongamos por caso, los autores españoles, esta guerra civil no está anclada en un lugar de la historia. La guerra civil que sacude hoy América Latina –disfrazada muchas veces de delito común–, lo es tanto que entraña una guerra entre civiles.

En Postdata, Octavio Paz hablaba sobre el México sacrificial que subyacía bajo el México moderno. Era su metáfora de la pirámide. Y su manera de explicar la matanza de Tlatelolco, ese 68 del “más allá” que también conviene recordar.

A veces me pregunto si no estamos viviendo la era de la pirámide invertida. Y si la violencia sacrificial no habrá soterrado a nuestras pretensiones modernas, dejándolas, acaso, como una rémora, un incordio, a la experiencia límite de esa América Latina que queremos pensar, definir y, por qué no, mejorar.

Es, desde esa pirámide invertida, que brotan esos otros relatos de esos otros autores que iluminan mis preguntas, pero a base de negarse a emitir teorías luminosas. Autores que, bajo el territorio de La Mancha, consiguen que asome, sin paliativos, la mancha del territorio.