Del “No a la guerra” al 15-M:

2 abril, 2012


Movimientos sociales que no son movimientos sociales

Amador Fernández-Savater

Cultura de la Transición
El periodista Guillem Martínez1 acuñó el término de Cultura de la Transición (CT) para nombrar la cultura –en sentido fuerte: maneras de ver, de hacer y de pensar– que ha sido hegemónica en España durante los últimos treinta años, la que nace con la derrota de los movimientos radicales de los ‘70 (movimiento obrero autónomo, contracultura, etc.).

La CT es una cultura esencialmente consensual, pero no en el sentido de que llegue a acuerdos mediante el diálogo de los desacuerdos, sino en el de que impone desde un principio los límites de lo posible: la democracia-mercado es el único marco admisible de convivencia y organización de lo común, punto y final. La CT se dedica desde hace treinta años a poner ese punto y final (una y otra vez): “eso no se discute”, “no sé de qué me hablas”, “el pasado ha pasado”, “no hay alternativa”, “o yo o el caos”, etc.

Los conflictos y los problemas son fisuras potenciales en el statu quo y su reparto de lugares, tareas y poderes: quién puede hablar y quién no, quién puede decidir y quién debe limitarse a obedecer, qué palabra tiene valor y cuál es mero ruido, qué propuestas son viables y cuáles son insensatas, etc. La CT es una cultura profundamente desproblematizadora: no se pueden hacer preguntas sobre las formas de organizar la vida en común más allá de lo posible autorizado. Y, por tanto, profundamente despolitizadora, porque la política consiste precisamente en hacer preguntas sobre los modos de estar juntos.

Cultura consensual, cultura desproblematizadora, cultura despolitizadora, la CT se aseguró durante tres décadas el control de la realidad mediante el monopolio de las palabras, los temas y la memoria. Cómo debe circular la palabra y qué debe significar cada una. En torno a qué debemos pensar y en qué términos. Qué debemos recordar y en función de qué presente debemos hacerlo. Durante años, ese monopolio del sentido se ejerció sobre todo a través de un sistema de información centralizado y unidireccional en el que solo las voces mediáticas tenían acceso, mientras que el público jugaba el papel de audiencia pasiva y existían temas intocables.

El objetivo de la CT, su obsesión, es la “cohesión”. Su idea de la cohesión es que todos y cada uno aceptemos identificarnos con el papel que nos toca: la política es cosa de los políticos; la comunicación es materia de los media; la palabra autorizada es un privilegio de intelectuales y expertos; las alternativas marginales son asunto de los movimientos sociales; y finalmente, la guerra de todos contra todos es la ley secreta de la sociedad… Maurice Blanchot llamaba “muerte política” a una situación en la que delegamos todas nuestras capacidades (de pensamiento, de expresión, de decisión) en un “poder de salvación”2. La CT es ese poder de salvación, la cohesión es su forma de muerte política y la gestión del miedo está en la base de su autoridad para clasificar y distribuir los papeles sociales.

El poder de la CT se ha ido vaciando con los años. Por un lado, han ido desapareciendo o disminuyendo los miedos que la CT administraba e instrumentalizaba en tanto que “poder de salvación”: golpe militar, terrorismo de ETA, ruptura de España, etc. Por otro, se han ido perdiendo los derechos colectivos asociados al Estado del bienestar (privatizaciones, recortes, precarización generalizada, etc.) incluidos también en el consenso. La CT se percibe cada vez menos como protección y cada vez más como la fuente misma de los peligros contemporáneos.

La desafección con respecto a la cultura consensual, que tiene un recorrido muy largo y se ha expresado de mil formas distintas a lo largo de años (desde el fenómeno de la abstención electoral hasta los movimientos sociales), se ha organizado el 15-M como un hecho masivo y completamente central (ya no marginal) en la sociedad. Por un lado, como rechazo desafiante, explícito y sonoro de la política de (todos) los políticos. Las consignas más coreadas son “no nos representan” o “lo llaman democracia y no lo es”. Ya no es un misterio para nadie que la política se limita a gestionar las necesidades cambiantes de la economía global.

Por otro, como experimentación práctica y positiva del enunciado-consigna democracia real ya en asambleas, acampadas y redes sociales de todo tipo. Las luchas de poder se sustituyen por la escucha activa, la elaboración de pensamiento colectivo, la atención hacia lo que se está construyendo entre todos, la confianza generosísima en la inteligencia del otro desconocido, el rechazo de los bloques mayoritarios y minoritarios, la búsqueda paciente de verdades incluyentes, el cuestionamiento y recuestionamiento constante de las decisiones tomadas, el privilegio del debate y el proceso sobre la eficacia de los resultados, etc.

Movimientos sociales que no son movimientos sociales
El 15-M es la mayor brecha que hemos visto aparecer nunca en el muro de la CT, pero tiene antecedentes. Movimientos que han abierto preguntas desde abajo sobre la vida en común, disputando el sentido de lo que (nos) pasa, haciendo aflorar otros pasados, proponiendo otras imágenes de convivencia y autorrepresentándose mediante palabras e imágenes propias, más allá de los filtros políticos y mediáticos.

Los gestos y las palabras con mayor capacidad de incidencia política de los últimos años han venido siempre de lugares imprevistos y de sujetos con los que nadie contaba: pensemos en la actuación de los titiriteros durante los premios Goya de 2003, en el sms que nos convocó frente a las sedes del PP el 13-M de 2004, en el discurso de Pilar Manjón, en el mail anónimo que disparó la V de Vivienda en 2006 o en la reciente rebelión de los tuits contra la Ley Sinde. En cada uno de esos casos, una fuerte carga crítica se expresó de modo muy inteligente para esquivar la criminalización, para interpelar a lo social sin dar cancha a los políticos, para escapar de los guetos y las identificaciones castrantes (políticas, ideológicas, etc.). Ser cualquiera, dirigirse a cualquiera, gritar como cualquiera. ¿Quién era el nosotros del “no a la guerra”, el 13-M, la V de Vivienda o la lucha contra la Ley Sinde? Todos y nadie, diferentes afectaciones pudieron encontrarse en espacios abiertos para elaborar políticamente problemas comunes. La radicalidad nunca ha estado donde se la espera y hoy menos que nunca.

Los modos de politización que esos movimientos inauguran ya no corresponden con los de los movimientos sociales: ni viejos ni nuevos. No están convocados, protagonizados ni liderados por militantes o activistas, como en el caso de la okupación, la insumisión o la antiglobalización, sino por gente sin experiencia política previa; no extraen su fuerza de un programa o de una ideología, sino de una afectación sensible y en primera persona por algo que sucede; no se identifican a la izquierda o la derecha del tablero de ajedrez político que es la CT, sino que escapan a esa alternativa proponiendo un nosotros no identitario, abierto e incluyente en el que cabe cualquiera; no buscan destruir este mundo para construir otro, sino que buscan defender y recrear el único mundo que hay contra los que lo estropean, sin programa utópico o alternativa global de sociedad; etc.

Movimientos sociales que no son movimientos sociales, casi diríamos más bien Objetos Voladores No Identificados. Difícilmente perceptibles para los radares del pensamiento crítico tradicional debido a su falta de pureza en lo que dicen y lo que hacen, a la dificultad para sumarlos a los movimientos sociales alternativos y/o antisistema. Unos cuantos amigos los perseguimos desde hace años, completamente abducidos. El 15-M resuena con toda esta onda de politización atípica.

“No a la guerra”
¿Cómo se activó la protesta multitudinaria contra la guerra de Irak? ¿Desde dónde? La fuerza del “no a la guerra” consistió en desbordar constantemente todos los moldes tradicionales de la protesta: número y diversidad de gente, lenguajes y formas de tomar la calle, aparición de actores políticos no dados de antemano.

La izquierda oficial y sus medios de comunicación amplificaron el disgusto, el rechazo y el cabreo. Pero no lo crearon, indujeron, suscitaron o provocaron. La izquierda alternativa ofreció citas, fechas y lugares para expresar y organizar el malestar. Pero tampoco lo pautaron, ni le dieron forma o voz. El “no a la guerra” activó políticamente un sinnúmero de formas de sociabilidad preexistentes, organizadas en torno a afinidades, parentesco, formas de vida, etc. La protesta atravesó la sociedad entera. Fue imposible marginalizar y criminalizar las protestas identificándolas como asuntos de “extremistas” y “antisistema”. Un común profundamente radical y descentralizado puso inesperadamente en crisis las nociones básicas de la CT que a diario nos parecen firmemente asentadas: ciudadanía, democracia, participación, representación política, legalidad, espacio público, etc.

La movilización no tenía ningún centro, sino que era completamente difusa. Se acosaba a los “políticos de la guerra” allí donde aparecían. Los lugares de trabajo se convertían en espacios de debate. Las manifestaciones se prolongaban de manera imprevisible por la ciudad, incapaces de abandonar las calles a la “normalidad”. Se inventaron multitud de lemas para la ocasión: las famosas pegatinas negras y rojas interpelaban cotidianamente en la calle, los carteles se sacaban a los balcones de las casas, los grupos de amigos o alumnos de un mismo colegio autoeditaban pancartas, los lemas ofrecían lugares comunes donde cabíamos todos (“no a la guerra”). Quizá la imagen que mejor expresó mejor este desborde fue la de un chico en Arganda del Rey que gritó “no a la guerra” en un mitin de Aznar y fue sacado a patadas el recinto: interrupción del monólogo del poder, espontaneidad e imprevisibilidad de la protesta, anonimato de los protagonistas, cierta ingenuidad e inocencia “apolítica”, respuesta histérica de los poderosos.

En ese magma tan rico emergieron igualmente nuevos colectivos de enunciación, como fue el caso de la Plataforma Cultura contra la Guerra. La peculiar entrega de los premios Goya funcionó al principio de las movilizaciones como un verdadero aldabonazo: la crítica aparecía donde menos se la esperaba. Más tarde nació la Plataforma, donde se agruparon muy horizontalmente artistas de todo tipo y condición (actores, técnicos, músicos, etc.). Ese colectivo de trabajadores de la cultura se politizó protagonizando con facilidad “natural” algunos de los gestos que marcaron más profundamente el estilo y el imaginario de las movilizaciones, como la protesta en el interior del Congreso durante los primeros días, las pancartas con los rostros de los diputados populares a la cabeza de una de las grandes manifestaciones, los globos de luto volando hacia el congreso al final de la manifestación que coincidió con la entrada del ejército estadounidense en Irak, etc. Actores políticos no identificados.

“En ese tren íbamos todos”
Desmintiendo la opinión de los que se apresuraron a enterrar el “no a la guerra”, la intensidad de aquellas movilizaciones resuena con los acontecimientos acaecidos tras el atentado terrorista del 11-M en Madrid.

Tras el atentado, la CT se puso firme como un solo hombre (el famoso “sentido de Estado”) para mantenerlo todo bajo control. Si el lema de la manifestación oficial, convocada para el 12 de marzo, fue “Con las víctimas, con la Constitución, por la derrota del terrorismo”, su sentido implícito era: “Todos detrás de sus representantes”. Sin embargo, el 11-M no se convirtió en otro 11-S. Todo lo contrario. El estado de sitio informativo no funcionó, el racismo no prendió, la lógica de la seguridad no se impuso y se desdibujó la línea divisoria amigo/enemigo. El miedo no vació las calles en favor del “poder de salvación” que es la CT, sino que la gente común expresó en ellas su duelo y su protesta sin dejarse marcar las formas ni los contenidos, hundiendo los monopolios del sentido y desafiando la muerte política.

El reparto jerárquico de lugares y funciones de la CT quedó revocado de manera fulminante: ni los políticos lograron representar, ni la calle enmudeció, ni los medios de comunicación pudieron construir la “opinión pública”, ni los afectos quedaron relegados al ámbito de lo privado. Por un momento, la sociedad no estuvo definida en primer lugar por el “sálvese quien pueda”, sino por la afectación sensible hacia lo que tenemos en común.

Frente al monopolio de palabra, se afirmó una toma de palabra masiva. Palabras de duelo, palabras de apoyo, palabras de denuncia. Palabra heterogénea, deslocalizada, dispersa. Consignas, poemas, mensajes escritos en todos los soportes, lugares e idiomas imaginables. En santuarios improvisados, en la calle, en la Red. Esa toma de la palabra desbordó los canales autorizados y las mismas palabras-fetiche de la representación. Por arriba se hablaba de “España”, por abajo se decía “todos somos Madrid”. Por arriba se hablaba de “lucha contra el terrorismo”, por abajo se decía “paz”. Una multiplicidad de palabra disonante que tampoco se organizó bajo las formas tradicionales de lo colectivo: sindicato, partido, asociación de vecinos o movimiento social.

Frente al monopolio de los temas, se cuestionaron las respuestas automáticas y se abrieron preguntas desde abajo: “¿Quién ha sido?” De pronto se hizo evidente qué tipo de cohesión es la que reivindica constantemente la CT: la de la tropa o el rebaño unidos por el miedo al enemigo. Pero el enemigo se desdibujó en el 11-M. ¿Se trataba de ETA, Alqaeda, el nacionalismo vasco, el islamismo radical, los árabes en general? Resulta que había una guerra (“ilegal e ilegítima”) en Irak. Resulta que el gobierno español la había apoyado y enviado tropas. Resulta que había mentido descaradamente sobre el origen de esa guerra. Resulta que entre las víctimas del atentado casi la mitad eran inmigrantes y muchos de ellos árabes. La calle desplazó con mucha fuerza la designación del enemigo el 13-M: “el enemigo es la guerra”, “Madrid=Bagdad”.

Frente al monopolio del recuerdo, se improvisaron mil santuarios asilvestrados por todos sitios, al mismo tiempo que los minutos de silencio oficiales se vaciaban. Nadie se dejaba prescribir lo que tenía que sentir, ni tampoco dónde debía expresarlo. Todo ello hablaba muy claramente de la necesidad profunda y masiva de espacios abiertos de comunicación e intercambio sin filtros políticos o mediáticos. Sencillamente, los resortes de la CT (sus políticos, sus medios de comunicación, sus expertos, sus rituales) no le servían a nadie para pensar ni sentir libremente lo que estaba ocurriendo. Una cultura entera entró así en crisis.

“No vas a tener casa en la puta vida”
Un mail anónimo circuló libremente durante meses a lo largo y ancho de la Red. Convocaba concentraciones y sentadas en las principales plazas de las ciudades españolas para el día 14 de mayo del año 2006. El objetivo: protestar contra la catastrófica situación de la vivienda en España. Miles de personas se sintieron interpeladas y salieron a la calle.

No se trataba de una convocatoria centralizada y no había organizaciones convocantes ni movimientos de referencia. No se convocaba contra un enemigo; simplemente se expresaba un malestar, un problema (“Hipoteca: cadena perpetua”). Para expresar este malestar, al estilo zapatista, se utilizaron palabras desprovistas de un significado político explícito (“vivienda digna”). Las sentadas rehuyeron la politización, eludiendo el encuadramiento en la izquierda o contra la derecha y al revés (“Un chalet como el de ZP”, “Un pisito como el del principito”). Eran incluyentes y bien aceptadas por la ciudadanía (sonrisas, aplausos, tolerancia ante los cortes de tráfico…), pero sin recurrir al imperativo “no nos mires, únete”. Evitaron el enfrentamiento con la policía a toda costa, incluso después de las brutales cargas policiales producidas durante la segunda sentada madrileña y de las arbitrarias detenciones posteriores (“tus hijos también están hipotecados”, gritan los manifestantes a los policías). Independientemente de su capacidad cuantitativa de convocatoria, no se autopercibían como un gueto y de ahí la alegría que circulaba.

El movimiento eligió como nombre una broma: V de Vivienda, en referencia al cómic y la película V de Vendetta. Lo hacía con la voluntad explícita de no ser nombrado, ni representado, ni tan siquiera identificado. V de Vivienda no significaba nada, tan solo una ironía en la que, precisamente por no ser nada, cabía cualquiera. El conocido grito de guerra de V de Vivienda, que irrumpió con muchísima fuerza en el imaginario social, fue “no vas a tener casa en la puta vida”. Se trataba de un eslogan que rompe el sentido común que acompaña a otros eslóganes utilizados comúnmente por los movimientos sociales: no ofrecía ninguna esperanza (“yes, we can”), no ofrecía ningún futuro (“por un mañana sin pobreza”), no ofrecía alternativas (“otro mundo es posible”) pero, sin embargo, acertó a exponer un malestar colectivo, hasta ese momento vivido –y sufrido– de manera individual y en silencio.

Si lo que ocurre tras el 11-M activó la huella latente del “no a la guerra”, V de Vivienda resonó muy claramente con las movilizaciones del 13-M. Una autoconvocatoria que se autoorganizaba mediante la producción de consignas sobre el terreno y se percibía gozosamente como un espacio abierto que acogía el anonimato y la multiplicidad. Un espacio horizontal donde no se peleaba por la hegemonía de la consigna propia, sino donde la unidad se construía a partir de la escucha, porque estaba claro para todos que lo importante no era tanto lo que cada uno trae de su casa como lo que se podía elaborar juntos. Una movilización que buscaba comunicarse, replicarse, contagiarse y generalizarse dirigiéndose a cualquiera, interpelando a los malestares comunes que subyace bajo las identidades de cada cual.

“Libertad en la Red”
A finales de 2009 se conocieron las intenciones del PSOE de aprobar la Ley Sinde, cuyo objetivo es permitir a una comisión dependiente del Ministerio de Cultura cerrar páginas de descargas sin proceso judicial previo (sólo autorización de los jueces). La alianza entre la industria cultural, el star-system, los partidos políticos y los medios de comunicación mayoritarios para sacar adelante la Ley Sinde muestra algunas de las líneas de fuerza que constituyen la CT. Y la lucha inédita que se ha desarrollado contra ella dentro y fuera de la Red nos habla de la emergencia de un nuevo poder social que desborda su marco.

Desde el primer momento, la ciudadanía anónima que vive y construye la Red se mueve, más allá de partidos e ideologías, para evitar la creación de una “policía de Internet” y defender la Red como espacio neutral, libre y común. La lucha atraviesa las dicotomías políticas clásicas como el eje izquierda/derecha y une a gente con una misma preocupación: el futuro de la Red como espacio de libertad e intercambio. Desde el grupo activista Anonymous hasta la blogosfera de derechas, la oposición a la Ley Sinde es tan masiva y heterogénea que resulta imposible identificarla, aislarla y criminalizarla. Una cultura de cooperación transversal transforma la diferencia en una potencia y no en un obstáculo para ganar luchas concretas.

La Red no tiene representantes y esa es en gran medida su fuerza. Aquí y allá hay gente con influencia (blogueros, abogados, etc.) que funcionan como referentes y acuden ocasionalmente a conversaciones con los políticos de turno. Pero solo son portavoces puntuales de una inteligencia colectiva. No se piensan a sí mismos como representantes de la Red y sus usuarios. Perciben perfectamente que su legitimidad se debe a que saben escuchar lo que pasa en la Red, a que hacen público lo que se mueve bajo la superficie, a que “mandan obedeciendo”, como dirían los zapatistas. Es exactamente lo contrario de lo que ocurre con los sindicatos en el mundo laboral: los sindicatos son una representación fija, establecida y autorreferencial que resta fuerza y vacía lo representado. Como explica Margarita Padilla, las luchas hoy ya no necesitan vanguardias que enseñen el camino, sino grupos que faciliten herramientas políticas renunciando a su control. Colectivos activistas como Hacktivistas y Anonymous, muy importantes en la lucha contra la Ley Sinde, han actuado precisamente en ese sentido: diseñar e implementar dispositivos inacabados para que otros puedan tomar las decisiones y actuar, confiando siempre en la inteligencia y autonomía de cada nodo singular de la red3.

A pesar de que la Ley llega a ser rechazada en el Parlamento, a pesar de que su redacción resulta muy dudosa desde los puntos de vista jurídico y técnico, a pesar de que los cables de Wikileaks revelan que es el fruto de la presión estadounidense, a pesar del cuestionamiento social masivo, el PSOE insiste en sacarla adelante y lo consigue finalmente gracias al apoyo del PP y de CiU. Pero la Ley nace completamente deslegitimada y su aprobación pone a la vista de todos la unidad de base entre la izquierda y la derecha de la CT, su insensibilidad común a la opinión de la gente cuando no puede ser instrumentalizada y el desprecio a la participación política fuera de los canales convencionales.

15-M: el arte de esfumarse
La CT es un poder de representación, un poder de clasificación y un poder de despolitización. Contra ella, los movimientos sociales que no son movimientos sociales practican “el arte de esfumarse”. No me refiero a la estética de la desaparición, sino a la técnica del esfumato que hizo célebre Leonardo: difuminar los contornos de las figuras para lograr un efecto de neblina sobre la obra. Es el secreto del famoso “misterio” de la Gioconda: rebelión contra la nitidez y las líneas precisas que imperaban en la pintura académica de la época, asunción positiva de la incertidumbre y la ambigüedad, apertura a los cambios y lo inesperado. Esfumarse no es invisibilizarse o construir realidades al margen, sino aparecer borroso: camuflarse en las reglas del juego para romperlas desde dentro; difuminar los contornos identitarios para saltar las fronteras sociológicas e ideológicas que nos dividen cotidianamente; provocar una neblina protectora contra las etiquetas que nos estigmatizan o criminalizan. Esa es también la fuerza del 15-M: su poder de indefinir (o de emborronar).

El movimiento emborrona la oposición tradicional entre reformistas y revolucionarios. La ocupación de todas las plazas de España es el gesto más radical desde la autoconvocatoria frente a las sedes del PP a la jornada de reflexión del 13-M de 2004. La paradoja es que ese desafío masivo se apoya en los recursos más ligeros: la no violencia, la idea-fuerza del respeto, el lenguaje despolitizado y humanista, la apertura sin límites, la búsqueda a toda costa del consenso, la interpelación positiva de la policía, etc. Sin el conflicto, el movimiento solo sería una simpática forma de vida “alternativa” más. Sin el cariz empático e incluyente, solo otro pequeño grupo “radical” separado e incapaz de morder la realidad.

El movimiento emborrona el poder clasificador de los estereotipos. Los estereotipos son una técnica y una estrategia de gobierno. Pretenden separar a los que protestan del resto de la población, como si no compartiesen nada. “Veis, no son gente normal, son violentos, perroflautas, antisistema, en definitiva, lobos con piel de cordero”. Los estereotipos nos distancian. Impiden que se abra un espacio común de reconocimiento. Sustituyen el entendimiento sensible por una imagen prefabricada (y generalmente peyorativa). Evitan que algo, lo que sea, nos afecte. El 15-M ha mostrado una gran inteligencia al respecto y desde el principio se ha esforzado con mucho ingenio por vaciar la fuerza de pregnancia de las etiquetas que dividen lo común: “nosotros no somos anti-sistema, el sistema es anti-nosotros”.

El movimiento emborrona la frontera dentro/fuera. Los acampados de Sol siempre supieron muy bien que su fuerza estaba fuera de Sol. O, mejor dicho, que la fuerza estaba en el vínculo vivo con lo que un amigo llama “la parte quieta del movimiento”: la población tocada y afectada por Sol aunque no participase directa-mente en la acampada. La acampada de Sol nunca buscó la separación y por eso susci-tó tantos flujos de solidaridad dentro/fuera (apenas al tercer día tuvo que hacerse un llamamiento para que los vecinos de Madrid dejasen de llevar comida que ya no había dónde almacenar). Nunca se planteó como un afuera utópico ni como otro mundo po-sible, sino como una invitación al otro desconocido a luchar juntos en un plano de igualdad.

Las exigencias de nitidez y líneas precisas que imperan en las visiones dominantes de lo político están desconcertadas ante el 15-M. ¿PSOE o PP? ¿Izquierda o derecha? ¿Libertarios o socialdemócratas? ¿Apocalípticos o integrados? ¿Reformistas o revolucionarios? ¿Moderados o antisistema? Ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario. La naturaleza del movimiento suscita tantas discusiones intrigadas como la sonrisa de la Gioconda. No hay respuesta a la pregunta (policial) por la identidad: ¿quiénes son? ¿Qué quieren? El 15-M es una fuerza política pero anti-política: plantea preguntas radicales sobre las formas de organizar la vida en común que no caben y trastocan el tablero de ajedrez político de la CT. Neutralizar esa potencia de interrogación pasa por asignarle una identidad: “son estos”, “quieren esto”. Los políticos y los medios presionan para que el 15-M se convierta en un “interlocutor válido” con sus propuestas, programas y alternativas. Saben que una identidad ya no hace preguntas, sino que ocupa un lugar en el tablero (o aspira a ello). Se convierte en un factor previsible en los cálculos políticos y las relaciones de fuerzas. Se vuelve gobernable.

La vieja política conspira dentro y fuera del movimiento para acabar con su poder de indefinición. Desde fuera mediante la represión, la coacción mediática, la insistencia en que “hay que definirse” para ser un agente político serio; desde dentro, a través del miedo al vacío, el fetichismo de los resultados (como si los resultados no estuvieran ya contenidos en el propio proceso), los tiempos de la urgencia en la movilización o los elementos ideológicos que querrían que el movimiento fuera más explícitamente algo (un movimiento social, un movimiento de izquierdas o un movimiento revolucionario).
Por eso, como se señaló en una asamblea en Sol: “prisa y definición son nuestros enemigos”.

1.  http://www.guillemmartinez.com/
2. Maurice Blanchot, Escritos políticos, Madrid, Acuarela, 2010.
3.  http://unalineasobreelmar.net/politizaciones/index.php?title=Politizaciones_en_el_ciberespacio